falar.ben@lavoz.es EN UNA de esas tertulias que llenan horas en la televisión, una joven relata a su compañera la impresión que le causaron los fuegos del Apóstol: «Se me pusieron los pelos de gallina». Esa mezcla de pelos de punta con carne de gallina en lo que más que un guiso es un desaguisado no es nueva, por lo que no puede saberse si la tertuliante en cuestión hacía gala de su inocente espontaneidad o una gracia. Hay quien atribuye el origen de la expresión a un periodista radiofónico que cuando denunciaba algún escándalo en el mundo futbolístico solía decir que era de los que ponían los pelos de gallina. Fernando Lázaro, que reparó hace tiempo en el cruce, remonta su gestación a hace tres lustros, y lo ve como una broma que en su propagación va perdiendo el carácter de tal y se convierte en mera muestra de ignorancia. Un diario extranjero aprovecha el hallazgo en un análisis político donde parece que se habla de la Moncloa en días de crisis: «En palacio están cocinando el paquetazo con un hermetismo que a cualquiera le pone los pelos de gallina». Pero es en el mundo del fútbol donde con más frecuencia el plumaje se torna vello. Dice un texto elegíaco sobre un legendario campo gallego: «El estruendo puede ser insoportable si el público no está contento. Pero puede poner los pelos de gallina a cualquiera cuando el estadio al completo se levante en la celebración de un gol». El dislate encaja bien en un paisaje donde lo anormal es lo normal, y donde no pasa nada porque en un telediario una voz de fondo -hay quien no da la cara- informe de que una de las mejores películas de Imperio Argentina fue La hermana San Suplicio (sic), y poco después una competidora de la jovial moza de pelos de ave explique cómo vio escarciar sidra en una fiesta asturiana. A su salud.