NORDÉS
20 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EL SÍMBOLO de una Barcelona preolímpica, el gorila albino del zoo de Barcelona, Copito de Nieve, se está muriendo. Quizás no llegue a conocer el postpujolismo. Copito, que llegó a la ciudad con Franco, se va a ir al cielo de los gorilas buenos coincidiendo con el proceso electoral catalán y la retirada política del honorable Jordi Pujol. Es todo un síntoma. El gorila albino nació español en Guinea cuando era una colonia, en las vísperas de la independencia. Nació español y va a morir catalán. Con dos años lo trajeron al zoo en donde vive desde hace cuarenta. El No-Do en aquella todavía cercana España en blanco y negro lo retrató dando brincos en su jaula. Parecía que la cinta se pasaba en negativo, sin mirar al positivo de los rollos fotográficos. Mucho se jaleó que España tuviera en sus reservas zoológicas al único gorila albino del mundo. Fue padre seis veces, y tuvo tres compañeras. Las crónicas cuentan que es un abuelo apacible y cariñoso, aún en estos tiempos en que la enfermedad mermó sus fuerzas. Antes de que Mariscal redefiniera todos los símbolos de la ciudad mediterránea, Copito de Nieve era el santo y la seña de una ciudad que miraba la historia en las visitas al zoo de los sábados, domingos y fiestas de guardar. En estos días casi necrológicos de reportajes televisivos he visto que muchos de aquellos niños de hace treinta años, volvían de nuevo al parque zoológico para despedirse de Copito de Nieve. Su nombre sirvió incluso para motejar a un político conocido que ocupa hoy un importante cargo institucional. Y me aseguraron que un grupo de la oposición guineana intentó secuestrarlo hace años para devolverlo a la selva en una acción de propaganda política. La vida de Copito tiene mucho que ver con la transición urbana de la capital catalana. Si se muere en plena campaña electoral escucharemos elogios desmedidos de los líderes en liza, e invariablemente todos señalarán que el pobre Copito fue un símbolo de una Barcelona que ya casi no existe, o -y esto lo digo yo- que los políticos no quieren ver, porque Copito con su pelaje subversivo en el reino de los gorilas, con su alba piel, no es un error de la naturaleza, fue en su origen un blanco en tierra de negros, y yo quiero ver en él la metáfora del mestizaje, de la tolerancia, de las puertas abiertas al cosmopolitismo que Barcelona nunca ha cerrado. La desaparición previsible de Copito es desde hace mucho tiempo la crónica de una muerte anunciada. Este país ya no es el de Copito de Nieve, la última mascota franquista en cautividad. Dentro de pocas semanas se irá a hacer compañía a la mula Francis, a Rintintín y a Lassie, al caballo Furia, a la mona Chita que es algo pariente, al viejo oso blanco de la casa de fieras del Retiro, al león ciego de Kabul y al mono Pepito del parque de Lugo, que era glotón, rijoso y onanista, un escándalo para beatas y familias de intachable moralidad. Yo sé que hay un cielo para los animales porque el buen Dios los creó un solo día antes que al hombre, y el viejo Noé los embarcó en su nave para que nos hicieran compañía y nos dieran miedo y alegrías. Adiós, Copito.