LA SEGURIDAD se ha convertido en un tema recurrente entre las preocupaciones ciudadanas. No cabe duda de que es un problema objetivo, por el número de delitos que se registran, pero también es subjetivo en cuanto a la sensación de seguridad. Se puede abordar de distintas maneras, pero el enfoque urbanístico es fundamental: la forma de construir y usar la ciudad determinará en gran medida su seguridad real. En la polis griega, la civitas romana, el burgo medieval y la ciudad renacentista, la seguridad mecánica estaba garantizada por la muralla y sus artilugios, y la humana se encomendaba a los militares o al señorío del príncipe o del obispo. En el siglo XIX, los aires posrevolucionarios y las consecuencias del pensamiento utópico rompen las cercas y la ciudad crece en mancha con un esquema cuadriculado, basado en un criterio higienista y que, al mismo tiempo, era más fácil de controlar que el callejero medieval. Nacía el proyecto urbano burgués, que se extendería por toda Europa y que en España tiene su caso paradigmático en el Ensanche barcelonés de Ildefonso Cerdà. El siglo XX alumbra otra concepción de urbanismo, que se distingue por el tratamiento diferenciado de los tres grandes ejes sobre los que pivota: la localización de las áreas construidas con sus distintos usos, sean residenciales o industriales, los espacios públicos formados por avenidas, calles y plazas, y las grandes infraestructuras de comunicación. Algunos ejemplos del distinto grado de énfasis que se ha dado a estos vectores serían la construcción masiva de polígonos de vivienda para albergar la inmigración, convertidos algunos de ellos en guetos por el escaso intercambio social y cultural; las operaciones de los sesenta para sustituir la vivienda por usos comerciales y administrativos en los centros urbanos, como en la City de Londres, sin usuarios a partir de las 6 de la tarde; la creación en los ochenta de grandes espacios públicos como la Défense de París, deshabitados por las noches y los fines de semana; la construcción de rondas, M-30 y M-40, glorietas, que han ido sectorizando una ciudad incomunicada en sentido transversal y, como colofón de todo ello, las urbanizaciones en huida a la americana, comunidades amuralladas en las que hay que entrar con tarjeta magnética. El planeamiento de la ciudad segura y sostenible debe aplicar una concepción integradora de los tres factores que lo conforman: zonas construidas que albergan diferentes usos, salvo los especialmente contaminantes, creando un tejido compacto, policéntrico y cualificado, lleno de ciudadanos y no sólo de operaciones inmobiliarias vacías; espacios públicos para vernos las caras que requieren un modo de empleo a lo largo de las veinticuatro horas del día llenándolos de vida y de convivencia, e infraestructuras concebidas para unir personas y actividades, y no para segregarlas. Si no se va por ese camino, la seguridad se convertirá en una obsesión colectiva, en una carrera sin fin y en un gran negocio de difícil control en busca de una sociedad sin riesgo, inalcanzable, pero que va dejando atrás, como lastre, otra ciudadanía de rango menor en espacios anómicos.