AVE DE PASO
20 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.SEGÚN los últimos informes, la violencia doméstica o de género -digámoslo sin retórica: el número de mujeres maltratadas por tipos que les pegan hasta la muerte- ha aumentado y mucho en los últimos años. No se trata entonces, como ya algunos veníamos anunciando, de que ahora se sepa porque se denuncia, cosa que antes no sucedía, sino que el número de víctimas va en alza. Mala noticia. Son muchas las voces que han denunciado a los bestias que se autoafirman poniendo en práctica su bestialidad y que han denunciando también la incompetencia de las administraciones para atajar este mal con leyes contundentes. No hay duda de que en cuanto se nos presente un nuevo caso que será motivo de portada en periódicos, televisión y radio volveremos a repetir la oración fúnebre de lamento, denuncia y acusación que ya viene siendo corriente y que, no me cabe duda, es necesaria. Conviene recordar, no obstante, que lo necesario esconde a menudo aquellas insuficiencias que no somos capaces de erradicar y es entonces cuando nos da por hacer de la necesidad virtud. Es cierto que es virtud para cualquier sociedad su capacidad de horrorizarse ante lo que es una monstruosidad evidente y aliarse con el dolor de la víctima y de sus familiares. Pero lo que hasta cierto punto es virtud deja de serlo en cuanto nos quedamos sólo en el terreno de las evidencias y poco o mucho no tratamos de indagar las causas reales que lo propician. Hay quien se conforma con alegar que el mundo siempre ha sido terrible y esta verdad le alivia como un sedante. El mismo Voltaire escribió que la civilización no elimina la barbarie, sino que la perfecciona. Encontraríamos, de proponérnoslo, cientos de ideas ya propuestas con las que apañar nuestra ración de desencanto u otras tantas para complacer nuestras convicciones apocalípticas. Unas y otras no nos permitirán, en cambio, analizar cuáles son los cambios que, afortunadamente, se dan aunque sean vertiginosos en el mundo que por el hecho de habitarlo nos hace protagonistas y que empujan hacia arriba formas de violencia nuevas y viejas que más quisiéramos ver extinguidas que extendidas. La violencia al alza se da en muchos más terrenos que entre la bella y la bestia y en el porqué y sus circunstancias hemos de entrar si lo que buscamos son remedios y salvación. El otro día en la televisión salió un ancianito que me partió el alma con el drama de su vida. Mató a su esposa para que no sufriese más con su enfermedad. Él, 90 años, ella igual. Le ofrecieron una residencia pero él no la quiso porque en tiempos pasados había estado en un campo de concentración y le traía malos recuerdos. Y yo me pregunto: ¿por qué los servicios sociales no les pusieron a una persona para atenderlos, dadas las circunstancias? Después pasan las cosas tan dramáticas que pasan. ¿Cuándo los políticos mirarán para el grave problema de los ancianos? Hay unas 10.000 personas en España esperando una plaza en residencias. Yo concretamente esperé años a que se la dieran a mi marido; a mí no me la dieron, todavía me la negaron varias veces; ahora estoy otra vez arreglando para ver si por fin la ley me asiste y me la dan. ¿Qué ley humana me puede separar a mí de mi querido esposo después de 48 años juntos? Cada vez que voy a verlo salgo con las lágrimas rodando por mi cara. Por eso a veces desgraciadamente pasan cosas que ya no tienen solución. María Luisa Alonso Álvarez. A Coruña. Ya está, lo hemos conseguido, salimos en el telediario. Llegamos al centro del escaparate y perdemos los papeles. Los aficionados que con gran dificultad llenan las plazas de toros no se merecen ningun respeto, ninguna explicación. «Si me dan a elegir, me quedo contigo», cantaba este músico francés en la plaza de toros de Vista Alegre de Madrid el pasado 28 de agosto. Ha llovido mucho desde aquella Mano Negra, Negu Gorriak o Kortatu. Qué desfachatez. Lo que eligió es una generosa taquilla sin preocuparse a quien iba dirigido su concierto. Manu Chao y Fermín Muguruza, tan preocupados por los problemas de los oprimidos del mundo y de la incomunicación, parecen no darse cuenta de los problemas que hay en su casa, de los que hubo en la plaza de toros donde pretendían dar un espectáculo . La puntualidad cartesiana de estos dos señores provocó que más de la tercera parte del público que pagó 29 euros por la entrada se perdiera los primeros 45 minutos del concierto. En efecto, sólo se habilitó una estrecha puerta para entrar al recinto, a la que se accedía a través de un intrincado y peligroso laberinto de vallas que hacían imposible la fluidez necesaria para que todos llegaran a la puerta con la misma puntualidad que estos aristócratas de la canción. Chao y Muguruza eligieron, y están en su derecho, una taquilla completa, un control exagerado para evitar que nadie que no haya pagado se cuele, con unos modales que nos recuerdan penosamente los de situaciones que ellos suelen criticar, aunque a uno después de esto le queda la sospecha de que eso es papel mojado, que han llegado al punto en el que todo vale. Madrid.