China impávida

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

18 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL MUNDO cambia sin que nos demos cuenta. Es lo normal, y no sabemos si eso es bueno o malo. En cuanto a lo que pudiera tener de bueno cabe una amplia gama de juicios y criterios, e incluso la opinión de que lo mejor sería que no cambiara en absoluto, y su opuesta, que preferiría que se pusiera de cabeza y vuelto del revés como si de un calcetín se tratara. Por lo que pudiera tener de malo un cambio tan incesante y desapercibido, nos da bastante igual. El mundo seguirá cambiando según su curso, tan indiferente como siempre a la suerte de quienes son, en primer y último término, los protagonistas, inductores y víctimas de todo tipo de transformaciones y cambios. La situación es tan paradójica como coherente con lo que somos. Lo fastidioso, lo que realmente nos pone de los nervios es que el mundo se nos muestre súbitamente cambiado. Y eso es lo que ocurre con las crisis de Corea del Norte, ante la que los políticos europeos se están comportando -o esa es la impresión que dan- como una recua de jubilados ante un conflicto matrimonial. La crisis coreana marca, a mi juicio, una curiosa e interesante línea divisoria entre lo que fue el siglo XX y lo que guarda en sus entrañas el XXI. El escenario de la crisis y del conflicto que la subyace no se enmarca en los límites europeos ni en la escenografía de Occidente ni en el juego entre las grandes potencias dominantes hasta ayer. Hoy y allí, las cosas pintan para todos muy de otro modo. China ha suministrado durante los últimos años material nuclear a Pakistán, Irán y, desde luego, a Corea del Norte. China necesitaba dinero y un modo de incordiar taimadamente y conseguir influencia. Fueron necesidades prioritarias hasta que dejaron de serlo. Ahora, cuando China lo que necesita es tiempo, el tiempo se le dibuja como un anillo nuclear a su alrededor, y los dedos se le hacen al chino huéspedes; ha urdido demasiados negocios sucios como para dormir tranquilo. Tiene el arco occidental de sus fronteras flanqueado por tres potencias nucleares: India, Pakistán y Rusia. En el arco oriental los problemas comenzaron en cuanto Corea del Norte informó a Estados Unidos de que contaba con plutonio y uranio suficientes para construir media docena de bombas. La conferencia auspiciada por Pekín entre las dos Coreas, Rusia, Estados Unidos, Japón y la propia China no tiene otro propósito que impedir la susceptibilidad, el pánico y los correspondientes sentimientos de legítima defensa que colocarían a Corea del Sur, Taiwan y Japón en disposición de hacerse con lo que les ofrezca el mercado nuclear: un terreno de ofertas y demandas que querríamos cerrado, pero que no lo está. Semejante perspectiva significa que la zona se convertiría en una amenaza sobre el Pacífico, ante la que Estados Unidos y Australia no dudarían en adoptar las actitudes que juzgaran más convenientes. Y las cosas se pondrían realmente feas. Es un juego que China sabe jugar, pero el resto de los jugadores quizá no tanto. Y eso es lo que China teme. Aunque se muestre impávida; es su carácter.