LA CAZA de Yaser Arafat, que Sharon persigue de forma criminal y obsesiva, constituye una perversión moral, un grave atentado contra los derechos humanos y un imperdonable error de estrategia militar y política. Pero ninguna de esas afirmaciones subsana el grave error y el macabro espectáculo que ofrece un anciano decrépito y enfermo que, cuando ya perdió todas las posibilidades de llevar a su pueblo al Estado prometido y a la libertad deseada, hipoteca el futuro de Palestina a un cierre grandioso de su historia personal. Esa es la razón por la que, lejos de afrontar la situación como si estuviésemos en un largo y oscuro túnel con una salida lejana, se nos presenta de hecho como un dilema bicornudo, que nos tiene cerradas todas las salidas. Porque, si bien es cierto que la comunidad internacional está obligada a defender a Arafat a toda costa, para impedir que se cometa un sacrilegio político de imposible perdón, también debemos ser conscientes de que por esa vía estamos echando más gasolina a un conflicto que no sabemos arreglar, manteniendo este dramático empate entre dos ideales obsoletos -el de Arafat y el de Sharon- que siempre se traduce en miseria, hambre, muerte, indignidad y desesperación para el pueblo palestino. La política -que debiera implicar un sustrato irrenunciable de legalidad y moral- en modo alguno puede concebirse sin un mínimo de realismo. Y por eso causa absoluta estupefacción que, cuando es evidente que la vía Arafat está neutralizada -después de rendir servicios impagables y de quemar, también, oportunidades históricas- tengamos la sensación de que en toda Palestina no hay más que un hombre, una idea, un equipo, un lenguaje y una imagen que pueda servir para reconstruir y organizar en paz al pueblo más maltratado y expoliado de la historia contemporánea. El respeto a la vejez no conlleva la obligación de soportar a los líderes que, incapaces de aceptar la esencial contingencia de su papel histórico, se apegan al poder de forma irracional e inhumana. Y en modo alguno debemos interpretar como un servicio a la patria y un ejemplo de dignidad lo que no es más que un irracional esfuerzo para retrasar el reloj de la historia. Por eso, aunque hoy le toca a Yaser Arafat aguantar el chaparrón y convertirse en argumento moral de carne y hueso, parece evidente que este discurso no tiene un solo destinatario, y que alcanza por igual, y entre otros, al revolucionario barbudo que quiere morir en su propia revolución o al papa viajero que transformó la evangelización en un lamentable espectáculo. Quizá sea cierto que antes se respetaba más a los viejos. Pero también es verdad que aquellos viejos eran otra cosa.