Lo peor vino después

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

10 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ES MUY grave, gravísimo, que un grupo de alucinados juzgue al mundo por su cuenta, y que, una vez establecido lo que está bien y lo que está mal, decidan arreglarlo a base de estrellar aviones, poner bombas en los hoteles y pegar tiros en la nuca. Pero es peor, mucho peor, que las instituciones que están legitimadas para el ejercicio de la autoridad colectiva, respondan a los terroristas con la misma moneda, exhiban idéntico nivel de primariedad en sus reflexiones, y decidan arreglar el mundo a base de sustituir la ley por la fuerza, a los jueces por los militares y la cooperación internacional por la conquista. Mil crímenes de Al Qaeda, de ETA o de Hamás no son suficientes para desconchar siquiera el edificio de una civilización que, bajo el imperio de la ley y gobernada por autoridades legítimas y democráticas, aspire a la paz y al bienestar colectivo. Pero otro ataque como el que se perpetró contra Irak, al margen de la ONU y contra los principios nacientes de la democracia global, puede llevarnos a un conflicto de imprevisibles consecuencias, hacernos perder el sentido de la libertad y la dignidad humanas, y meter a las sociedades avanzadas en un infierno de sospechas y represiones que haga saltar por los aires los fundamentos de la democracia. Corruptio optimi, pesima , decían los clásicos. Cuando lo mejor se pudre produce los olores más fétidos. Y por eso no me cabe la menor duda de que lo peor del 11 de septiembre de 2001 se está viviendo el 11 de septiembre de 2003, cuando todos tenemos la sensación de haber malgastado una magnífica oportunidad para la paz, y de habernos quedado indefensos ante la proliferación de terror que se extiende por Afganistán, Irak, Bali, Filipinas, Arabia, Israel, Chechenia, Rusia, Liberia, Indonesia y otros países, sin que nuestra seguridad haya ganado nada, y sin que sepamos como frenar a los halcones que, metidos en faena, creen que el mundo aún tiene necesidad de más sangre, más miseria y más cárceles. Más allá de las manidas condenas del terror, el ataque contra el World Trade Center fue aprovechado para iniciar una escalada bélica que, claramente orientada hacia el control económico y militar del mundo, nada tenía que ver con la defensa de la vida, de la libertad y la paz. Por eso, y porque todo se hizo de un modo precipitado y chapucero, llegó la hora de revisar la cultura militarista que se exporta desde Estados Unidos, para regresar cuanto antes a los foros de la ONU y a la lenta y difícil construcción de la autoridad, la ley y la justicia internacionales. Porque, si seguimos por este camino, y volvemos a equivocarnos, vamos a pagar carísimo el gobierno de los osados. Como siempre.