La hora del reencuentro

OPINIÓN

10 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

DESPUÉS DE que el 11-S todo el mundo viese por televisión cómo se desplomaban las Torres Gemelas de Nueva York, verdadero emblema de un imperio, muchos estadounidenses empezaron a preguntarse, atónitos, cómo era posible que su país pudiese despertar tanto odio en el mundo. El hecho de que inmediatamente se viesen rodeados por el calor de una intensa solidaridad internacional hizo que su incredulidad y su asombro empezasen a ceder, para descubrir, poco a poco, que en realidad no eran odiados por el mundo en general sino sólo por un grupo de terroristas llamado Al Qaeda, liderado por el millonario saudí Osama Bin Laden. El resultado era una sensación reconfortante que, en plena adversidad, los reconciliaba consigo mismos. El presidente Bush confesó entonces haber encontrado su misión preferente como gobernante: la lucha antiterrorista, y del primer empellón se llevó por delante a los siniestros talibanes que gobernaban Afganistán y protegían a los terroristas de Al Qaeda. Inmediatamente después fijó su mirada bélica en el Irak de Sadam Huseín, la siguiente ficha que era necesario mover para reordenar Oriente Medio. ¿El pretexto para atacar? Sus continuados incumplimientos de los mandatos de la ONU. Y aquí se truncó el sueño americano de gozar de la comprensión y del apoyo de todos. Francia, con su derecho de veto en el Consejo de Seguridad, se alzó con el liderazgo mundial de un inesperado antiamericanismo frente al unilateralismo de Bush. Alemania y Rusia la secundaron. ¡Tanto habían cambiado las cosas! Pero lo verdaderamente inasimilable para los estadounidenses, exacerbados por sus líderes neoconservadores, era la ingratitud de Francia, el país por cuya libertad habían vertido su sangre tantos norteamericanos durante la II Guerra Mundial. Se habló entonces de la inevitable ruptura del vínculo trasatlántico. No hubo tal. Pero dos años después del 11-S cabe decir que todos han salido dañados: la ONU, la UE y también Estados Unidos, empantanado en Irak. Está claro que ha llegado la hora del reencuentro y del acuerdo en el seno de la ONU. Ya basta de arrogancias y de rencores: se pagan demasiado caros.