LAS CIUDADES abiertas al mar siempre tienen un horizonte hacia el que dirigir la mirada, y esa contigüidad produce unas imágenes peculiares que quedan asociadas a su nombre. Donostia es un caso paradigmático. Hace poco más de un siglo la acción humana estableció un límite al mar, construyendo un malecón sobre el que se edificó una cuidada arquitectura burguesa. La concavidad de la Concha-Ondarreta es el resultado de ese acuerdo. La ciudad ha querido poner un punto final al reto entre mar y tierra ubicando en los extremos de la bahía, al pie del Igueldo el peine del viento de Chillida, que tiende sus brazos al mar y por el que se cuela el aire y el agua, y bajo el Urgull la construcción vacía de Oteiza, que deja pasar el aire y la vista hacia el rico territorio. Como señal de reconocimiento de la pax entre el mar y la ciudad, al llegar la noche, los reflejos multicolores del paseo y las edificaciones se proyectan en líneas horizontales sobre la pátina que el agua mansa deja sobre la arena. Es una estampa de belleza casi perfecta. Hace algunos años Odón Elorza planteó un nuevo objetivo, al otro lado del Urumea, el río que ordena las dos orillas urbanas y que regurgita al compás de las mareas. Al pie del tercer monte, el Ulía, creó la playa de la Zurriola que, de momento, aparece y desaparece según la estación. En el extremo de este nuevo accidente costero, adentrándose en el mar, está el Kursaal, una obra excelente de Rafael Moneo. De día, el gran cubo aparece como proa de trasatlántico, donde los donostiarras se asoman a sus cubiertas para participar en la cultura. De noche, encendido, es un faro que sugiere un nuevo frente urbano con la transparencia de sus espacios interiores. El clímax llega cuando en ese auditorio Víctor Pablo dirige a la Sinfónica de Galicia y retorna a la precisión, en una fantástica Sinfonía fantástica. La OSG es la mejor obra gallega de Francisco Vázquez, y ningún sitio mejor para proclamarlo que la cuna del Orfeón. Donostia no es sólo la Concha. Tierra adentro, perdiendo de vista el horizonte pero sin olvidar el mar y sus contornos esculpidos, se aprecian todos esos elementos que tejen la personalidad y el ambiente de esta ciudad única: la cultura, con el cine, el jazz y la música clásica como ingredientes destacados; la Real Sociedad; la sabia gastronomía de los grandes y de los pequeños, que es cultura y no enchenta ; la peatonalidad con el anillo verde y el carril bici, que unen las calles bulliciosas de la parte vieja y los armoniosos cuadriláteros del elegante ensanche del Centro y Amara viejo con el nuevo Amara. En un territorio de topografía movida ha ido asentándose orgánicamente la urbanización, en la que la vida fluye y se renueva sin renunciar a los emblemas, hoy más abiertos, de su pasado cortesano: Miramar y Aiete, el María Cristina y el Victoria Eugenia, los baños de la Perla, el Casino, el hipódromo... San Sebastián no es sólo un paraje privilegiado de la costa vasca, sino también una referencia internacional del buen hacer urbanístico, el nivel de vida y la cultura.