TIENE EL VERANO al menos dos puertas. Una de entrada y otra de salida. A partir del primero de julio la de entrada se abre de par en par, puerta franca que nos lleva al paraíso fugaz de las vacaciones, del ocio, del veraneo. Por ella salimos en turbamulta, alicatando todos los accesos que conducen al mar, con miles de coches rodando por todo el mapa de carreteras. La puerta de agosto está compuesta de muchas puertas y portones, portalones y cancelas que se abren de forma simultánea. Por ellas van entrando los incendios forestales y el calor que este año bañó España en sudores, va entrando sigilosa la muerte que abatió a miles de ancianos en los países vecinos y que según la ministra del ramo evitó España en su gira europea con la guadaña afilada a cuarenta grados a la sombra. Por el portillo salen los perros que sus amos abandonan, porque el afecto es menguante cuando agosto toca arrebato sus campanas vacacionales. Portalón de frustraciones que siempre retornan cuando la primera semana del veraneo va vencida. Hay una puerta de atrás, de patio de vecindad, por donde deambulan los que no conocen el derecho al asueto, de todos aquéllos para los que el ocio es un palabra que no viene en su diccionario, para los que las vacaciones son sentarse a la puerta de la casa cuando por la noche viene la fresca. Este verano que se está yendo ya está amortizado. Se han abierto las puertas de salida que habrán de cerrarse cuando concluye septiembre. Es la puerta de la víspera de la lluvia, la que te conduce directamente a la rutina laboral. La puerta de la realidad por donde entras después de haber salido por la de todas las ficciones que se llaman agosto. Y de nuevo con esa depresión reactiva de todos los otoños haces votos para no caer en los viejos errores, para corregir vicios y, como cuando eras escolar, cuando todavía eras un muchacho, inicias un nuevo curso donde están previstos los suspensos, que es un eufemismo para no escribir fracasos. El verano es una puerta circular que no se abre ni se cierra, y sólo da vueltas sobre sí misma. El verano, pese a todo, pese a lo que antecede, es y seguirá siendo maravilloso, como lo prohibido, como la rotundidad de los cuerpos adolescentes tendidos al sol, como las ciudades visitadas, como un primer y lejano amor, como la lluvia de estrellas de la noche de san Lorenzo, como un bolero escuchado a Matt Monroe, como una cerveza helada en una terraza a mediodía. Desde este momento ya entreabro la puerta del próximo verano.