ESTA VEZ, no. Hasta aquí hemos llegado, pero más ya nos resulta difícil de aceptar. Y tampoco es cuestión de vivir condenados permanentemente, a desaires, a ultrajes y a ofensas. Todo tiene un límite. Y, en esta ocasión, ya lo hemos superado ampliamente. La desfachatez de la Administración norteamericana al pedir que la ONU le arregle el problema de Irak, sin ceder el mando, resulta difícil de digerir. Sobre todo para quienes, además de oponernos a la invasión, de palabra, por escrito y en la calle, vaticinamos que la cosa iba a acabar, más o menos, como va a acabar. Hecha un fiasco y sin posibilidades de solución. Quienes despreciaron a la ONU y se mofaron de los informes de sus inspectores, piden ahora ayuda. Piden que les ayudemos a poner los muertos, el presupuesto y la conciencia. Quieren cargar sobre la responsabilidad de todos la solución a una invasión y a una devastación que sólo ellos han propiciado y realizado. Quieren que nos integremos en la comparsa. Los que se fotografiaron alegremente en las Azores son los que nos tienen que sacar de la ciénaga iraquí. Sólo a ellos les corresponde. A los que nos dijeron que las tropas serían recibidas en loor de multitudes. Los que nos aseguraron que el país estaba sembrado de armas de destrucción masiva. Los que quisieron sacar a España del rincón de la historia . Ellos son responsables únicos de lo que está aconteciendo. Y se enteran, meses después, de que una guerra no es una fiesta de cumpleaños. De que las guerras se sabe cuando empiezan, pero nunca cuando terminan. Hacer concesiones en estos momentos al gobierno norteamericano y a sus socios, sumidos en la desesperación, y entregarles el flotador de la ONU para que puedan seguir con la devastación, es tanto como aprobar el todo vale. Y eso sí que ya no es aceptable. Pero, aún así les proponemos una salida. La ONU arregla el desaguisado. Y ellos dan cuenta de lo ocurrido ante el Tribunal Penal Internacional.