UNA ANOMALÍA sorprendente en un país como España, que se precia de ser el quinto de la Unión Europea y la novena potencia industrial del mundo, es que a nuestra opinión pública no parece interesarle mucho saber cómo es su ciencia. Las consecuencias de ese desinterés pueden ser malas a medio y largo plazo, en este mundo que necesita cada vez más el conocimiento y la tecnología. De forma breve y hablando en promedio, podemos decir tres cosas de ella: es buena, escasa y poco aplicada. Primero: es buena según los indicadores inter-nacionales que miden a calidad y el impacto de la investigación. Segundo: es escasa en instalaciones, en inversiones y en número de investigadores. Nuestros laboratorios están peor dotados que los correspondientes de la UE. La inversión en I+D ha subido hasta el 0,97% del PIB en 2002 pero sigue siendo mucho menor que la media europea (Francia le dedica el 2,18% de su PIB y Alemania, el 2,49%). El número de personas que trabajan en I+D por cada millón de habitantes es aproximadamente 2,7 veces menor que el promedio de Francia, Alemana y el Reino Unido. Tercero: es poco aplicada. El esfuerzo en creación de tecnología es proporcionalmente menor que en ciencia básica. Según los informes de la Fundación COTEC, la escasez de la innovación tecnológica de las empresas españolas les da una imagen internacional poco favorable que constituye un obstáculo para sus exportaciones. Los economistas M. Buesa y J. Molero han mostrado que la proporción de empresas españolas que son innovadoras es la mitad que en la Unión Europea y las que sí lo son gastan en ello la mitad, en proporción con su volumen de ventas. No es de extrañar que el número de patentes españolas relativo a la población no llegue a una cuarta parte que en la UE. Es significativo a este respecto un estudio de la revista norteamericana Science Watch, del ISI (Institute for Scientific Information) de Filadelfia, la institución de referencia para el análisis del estado de la ciencia en todo el mundo sobre el estado de la Ciencia de Materiales (Física, Química e Ingeniería). Esta disciplina tiene una enorme importancia en la tecnología de hoy. La revista estudió esta ciencia en el quinquenio 1990-1994, examinando los 1.500 artículos o informes más citados entre los publicados por autores de todo el mundo y les asignó una puntuación que mide su impacto. Los resultados son ilustrativos. España queda muy bien en la clasificación por impacto medio. Los tres primeros son EE.?UU. (21,0 puntos), Japón (19,2) y Alemania (19,1); tras ellos vienen Canadá (17,3), Suiza (16,5), Francia (16,0) y España en un muy honroso séptimo puesto con 15,6 puntos, por delante de Suecia, Reino Unido, Dinamarca, Austria, Israel o Taiwán. En cambio en la clasificación por número total de citas, España ni siquiera aparecía, quedando muy por detrás del décimo país que era Holanda (con sólo 15 millones de habitantes). Esto muestra que la ciencia de materiales española es buena (alto impacto medio de sus mejores obras), pero escasa (pocos artículos citados). Pero en otra clasificación de Science Watch , referida a la innovación tecnológica de las empresas, no se menciona ni una sola española. O sea que aportamos buenas ideas a la ciencia básica pero muy pocas innovaciones usables por las empresas. Esta situación se reproduce en todas las ramas de nuestra ciencia y nuestra tecnología. Estos datos muestran que se puede confiar en la capacidad del sistema científico-tecnológico español. Si se introducen estímulos sociales a los investigadores, si se incrementan las inversiones y si se consigue las empresas dediquen más recursos a la innovación tecnológica, algunas cosas importantes mejorarían. Por ejemplo, el índice de paro y nuestra imagen internacional. Un país que no se interesa por la investigación pone en riesgo su futuro. Por eso, la opinión pública y nuestros dirigentes políticos, económicos o empresariales deberían reflexionar sobre estos datos.