CUANDO EL pasado sábado la TVG realizaba una semblanza apologética del sucesor designado por Aznar, llegué a pensar que el canal autonómico se refería a Churchill, Roosevelt, Brandt o De Gaulle. Pero no, con asombro y vergüenza comprobé que se trataba simplemente de Mariano. Conocí a Rajoy hace muchos años, cuando compartimos escaño en el Parlamento de Galicia. Desde entonces siempre lo he considerado un hombre flexible y dialogante, pero también, considerando su formación, cultura y trayectoria, como un político profundamente conservador, en algunos aspectos reaccionario. Su trayectoria política posterior le ha llevado a ocupar diversos e importantes ministerios, en los que, por cierto, nunca ha sido capaz de diseñar estrategias de futuro, siendo la huella dejada dificilmente detectable. Su principal característica política ha consistido en saber ejercer de eficiente y, sobre todo, obediente segundo, primero de Fraga y en los últimos años de José María Aznar. Estos antecedentes y el discutible método elegido para su designación lastran la credibilidad de su liderazgo. Todavía el pasado lunes se veía obligado a prometer solemnemente ante el Comité Ejecutivo del PP la estricta continuidad de la política de Aznar y el manteniemiento de la estructura de poder (aparato y listas electorales) elaborado por el actual presidente del gobierno. Habrá personas que objeten mi razonamiento anterior, afirmando que no pocos procesos de cambio han comenzado con entusiastas proclamas de continuidad, y que son numerosos los sucesores que sienten la irrefrenable necesidad, a veces compulsivamente, de distanciarse de sus mentores y predecesores. Todo ello es cierto, pero Rajoy ha de ser consciente que tiene una asignatura pendiente: demostrar que no es rehén de Aznar y su capacidad para definir y liderar un proyecto propio. En pocos meses sabremos si estamos ante un auténtico liderazgo comprometido con la convivencia y los valores comunes de la Constitución, o simplemente se trata de ocultar bajo una piel de cordero al lobo en que se ha convertido el PP en la política española. Desde mi profunda discrepancia con Rajoy espero que se trate de lo primero, y podamos así superar definitivamente la pesadilla que han representado los últimos cuatro años del gobierno Aznar. Pero, sin duda, donde el nombramiento de Rajoy tendrá una rápida y notable influencia será en Galicia. En primer lugar, el proceso de renovación-depuración iniciado en el mes de enero se acelerará hasta culminar con el control del PPdeG por parte de los fieles del nuevo líder del PP. El PPdeG perderá su escasa autonomía y volverá a estar bajo el estricto control de la dirección estatal. Por otra parte, retirado Fraga, defenestrado Cuíña y con Rajoy dedicado a sus nuevas responsabilidades madrileñas, el PP de Galicia carece hoy de líderes capaces de aglutinar al partido y de generar un nuevo impulso político que saque al partido conservador en Galicia de su actual estado catatónico. Los nombres de los aspirantes a suceder a Manuel Fraga no dan pie a la más mínima esperanza. Como mucho se trata de funcionarios, más o menos eficaces, pero más proclives y dotados para ejercer como delegados del gobierno que para dirigir un poder político como el que representa la Xunta y necesita Galicia. Así están las cosas en el PPdeG; falta saber ahora, a ello dedicaré un próximo artículo, como piensa la oposición generar de una vez la alternativa que necesita el país.