LA DESIGNACIÓN de Mariano Rajoy como plenipotenciario del PP y aspirante a la Moncloa sitúa la vuelta al cole de la política española en un arranque tipo carrera de fórmula uno pilotada por Fernando Alonso. No son formas. Uno no se ha quitado aún el olor a salitre, le quedan entre los dedos restos de arena, todavía razona con tempos sosegadamente humanos y, de repente, le meten los dedos en el enchufe para que soporte una descarga de realidad para la que todavía no está preparado. El otro día escuché la melodía publicitaria del PP para la campaña electoral de la autonómicas madrileñas y me puse al borde del sinapismo, encima ya huelo los anuncios de El Corte Inglés de Navidad y me dan ganas de pedir la cuenta antes de empezar. Porque claro, este es el momento de la reflexión en el que hay que preguntarse si la realidad es esta en la que nos quieren envolver sin respiro o la de hace unos días, cuando uno podía vivir sin reloj y las charlas con los amigos se alargaban durante horas. El caso es que me niego a asumir que tengamos que ponernos tan pronto la corbata y empezar a escribir sesudos análisis sobre las ventajas e inconvenientes del nombramiento de Rajoy. Por eso, quizá, me quedo con el sentido del humor del ungido, virtud que siempre he valorado y que cada vez me parece más importante para transitar por la realidad, sea esta de salitre o de asfalto. Rajoy tiene una imagen segurola , que da tranquilidad a quien le nombra pero que necesita del respaldo de los ciudadanos, que son los que votan, para que resulte exitosa. De saque ha anunciado su intención de visitar la Comunidad Autónoma vasca y ojalá su presencia sirva para rebajar la crispación y para aportar una cierta normalidad en una comunidad en la que todo, empezando por la falta de libertad es excepcional. Cuantos más gestos de normalidad política, de visibilidad, se realicen -por Rajoy o por Zapatero- en Vizcaya, en Alava o en Guipúzcoa, mejor será el clima político y menos terreno se cederá a la anormalidad violenta. Tiene Rajoy a su favor el haber sido capaz de establecer, mientras fue ministro del Interior, una sintonía de lealtad, colaboración y ausencia de fricciones con un sujeto tan enrevesado como Javier Balza (PNV), consejero de interior del Gobierno de la Comunidad Autónoma Vasca. Este aval es un síntoma de esperanza para el futuro en el caso de que Rajoy, además de gustar a Aznar, guste al suficiente número de españoles como para convertirse en presidente del Gobierno. Avala también a Rajoy el que sigue sin entender cómo es posible que en una tierra de opulencia económica haya quien toque con tan sangrienta saña el tambor de la tribu y eso le otorga una capacidad de maniobra, una ausencia de contaminación y una frescura que quizá no tendría de estar metido en esta harina desde hace años. Pero, no nos engañemos, el nacionalismo vasco es insaciable y, de la misma forma que crea expectativas con los cambios de gobierno las destruye, porque lo contrario sería reconocer que las cosas van bien, que se satisfacen sus demandas, lo que les obligaría a cerrar el negocio por cese de razón social. En cualquier caso, es de esperar que ese sentido del humor que Rajoy muestra, tanto en público como en privado, le sirva para enfocar desde ahora mismo el principal problema que amenaza la convivencia en España y cuyas consecuencias corren el riesgo de extenderse a otras partes de nuestro país. Inauguramos un curso atravesado de elecciones hasta el empacho y ya sabemos, por experiencia propia, que las campañas electorales son, como las separaciones en los matrimonios, las situaciones idóneas para que algunos saquen a pasear por fuera el Caín que llevan dentro. Hay varias carambolas posibles en el tapete. Por ejemplo, al PNV le encantaría que Maragall ganara en Cataluña y que el partido que triunfe en las generales -algunos dirigentes nacionalistas prefieren al PSOE-, lo haga por tan exiguo margen como para necesitar de ellos y de Maragall. No es ésta la única combinación. En cualquier caso, esta vuelta al cole es como la arrancada de una yegua, esperemos que con el paso del tiempo no derive en un frenazo propio de mula.