La consagración de la continuidad

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

02 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

TODO HA sido muy elegante, muy fino, muy educado. Muy de centro-derecha. «Con señorío», como diría Rajoy. Los perdedores recibieron el abrazo de consolación. El elegido, los aplausos. Se cumplió la previsión: todos acudieron en auxilio del ganador con grandes plácemes. Por la puerta de salida de aquel hotel comenzaba a marcharse el aznarismo y por la puerta de entrada subieron el marianismo al pedestal. Misión cumplida. A partir de ahora «el líder del PP es Mariano Rajoy». El presidente ha transformado su decisión personal en decisión unánime de la Junta Directiva Nacional. Y le ha salido bien. Le ha salido bien, porque no hubo ni una nota discordante. ¿Recordáis cuando definíamos a la derecha española como una «jaula de grillos»? Hoy, su partido político es modelo de disciplina: que obedece cuando se le manda; que aplaude cuando se le incita; que se emociona cuando se emociona el jefe; y que vota ciegamente confiado en el criterio del mando. Así lo hemos visto ayer, cuando se trataba se subir a la peana al nuevo santo patrón del Partido Popular. El gran acierto -o fortuna- de Aznar es que acometió la sucesión en un momento de gloria, de buena salud del gobierno, en pleno disfrute del poder. Es decir, que los llamados ayer a votar tienen mucho que conservar. Eso les da unidad, por no decir uniformidad. Y lo que buscan en su nuevo líder no es innovación ni nada que signifique riesgo. Buscan la experiencia acreditada, la biografía contrastada. Aunque la oposición lo critique, buscan la continuidad. ¿Qué otra cosa puede desear quien ostenta el poder que la continuidad? Por eso Aznar ayer se refirió a Rajoy como «un valor seguro». Por eso resaltó su sensatez, ese «bien tan escaso». Por eso repitió que es un hombre en quien se puede confiar. Por eso identificó al sucesor con «garantía de estabilidad». Traducidas al lenguaje íntimo de los asistentes, esas frases podrían ser resumidas en una: Mariano Rajoy es quien ha demostrado que puede seguir haciendo la misma política. Y con los equipos que, probablemente, estaban en aquella sala de un hotel de Madrid. Y Rajoy lo sabe. Claro que lo sabe. Por eso hizo un discurso pesado, pero adecuado al tránsito: el discurso para decir que seguirá haciendo lo mismo, sin aceptar siquiera la tentación de las «diferencias» o los «matices» que tanto esperamos. Si esos matices existen, que los digan otros. Aunque sea Ibarretxe. Con esos datos, ayer se empezó a pasar una página de la pequeña historia. Una página que se resume así: un hombre llamado Aznar va dejando jirones de poder. Los recoge, con la esperanza todavía intacta, un hombre llamado Rajoy.