LA CRÍTICA más original al procedimiento de designación de Rajoy la firmó Carlos Carnicero en El Periódico de Cataluña : «Si ni siquiera el Papa de Roma designa sucesor». A tan vitriólico análisis le falta un detalle: ningún Papa ha sido ni será Aznar. La Iglesia, para decidir, necesita el voto de los cardenales y el auxilio del Espíritu Santo, que siempre inspira a sus responsables en esos dramáticos momentos. El mérito de Aznar, en comparación con los pontífices, es que es capaz de adelantarse y sustituir al Espíritu Santo, que tendría que haber sido invocado ayer en la reunión del Comité Ejecutivo del PP. La prueba es que Aznar resultó infalible. Señaló a Rajoy, y acertó de lleno. Es el último gran acierto de su carrera: todos los políticos, analistas y tertulianos lo tenían previsto. Rajoy era también su candidato, aunque lo callaban, quizá para mantener el suspense. Una encuesta del mes de julio decía que Rato era el preferido de los diputados del PP; pero, milagros de la política, ahora todos proclaman su marianismo de cuna y Mariano Rajoy es el hombre más adecuado. Hasta los nacionalistas vascos alimentan alguna esperanza. Al parecer, el único que tenía dudas era precisamente José María Aznar. ¿Hasta cuándo? Hasta el momento en que descubrió que él mismo es el Espíritu Santo. Cuando Aznar dijo «tendré que consultar con Aznar», estaba esperando que la Paloma se posara en su cabeza. De esta forma, Mariano Rajoy Brey no sólo será hoy el elegido. Será el ungido, como corresponde a los designios divinos. Se alzará con una victoria que nunca buscó. Será proclamado sucesor con unos votos que a nadie pidió. Asume el poder y la expectativa de más poder en la carrera más vertiginosa de la historia: en sólo 72 horas pasó de una incógnita periodística a ser la referencia de la política española. Y puede estar satisfecho: no ha suscitado ni un solo rechazo personal. Lo único que tiene que hacer, por tanto, es mantener esa imagen. ¡Y qué poco se le pide! Nadie le exige un cambio de política económica, que es la incógnita de Zapatero. Pocos le demandan una nueva política exterior. Nadie espera que cambie la filosofía españolista del PP. Se espera de él únicamente un cambio de talante: que sustituya el gruñido por el diálogo y la prepotencia por la sencillez. Tiemble Zapatero: en unas condiciones así, Rajoy está llamado a barrer en las elecciones de marzo. Va a capitalizar el cambio sin mover un dedo. Sigue siendo obra del Espíritu Santo.