AL CONFIRMARSE que Mariano Rajoy es el candidato a suceder a Aznar, el PPdeG puede haber empezado a perder las autonómicas de 2005. Es el problema que plantea quien vale para un roto y un descosido, que al ocupar un espacio deja otro vacío. Con esta opción, la pelota para los populares está en Raxoi, y ya hay quienes se plantean que, ante la ausencia de líderes con capacidad de convocatoria, Fraga se desdiga e intente repetir. Rajoy inspira confianza. No sólo porque es inteligente, sino también porque resulta creíble, valor que en un político, hoy, es una virtud poco común. Ha sido capaz de ostentar cargos muy importantes sin apenas cambiar los equipos de sus antecesores, lo cual puede tener buena y mala lectura. Quizá su mayor carencia es que no siempre los marianistas son los mejores. Conocí al candidato allá por 1981, cuando coincidimos en la primera legislatura del Parlamento de Galicia. Me pareció de entrada uno de los políticos más valiosos que había en una cámara plagada de gente de categoría. ¡Dios, cuánto ha bajado el nivel de los políticos en un cuarto de siglo! Mantuvimos buena relación hasta que, al abandonar la política, decidí alejarme al máximo de los políticos. En 1985, Rajoy, entonces vicepresidente de la Xunta, me llamó un par de veces para que me hiciera cargo de la dirección de TVG. Se lo agradecí, pero rehusé porque no quería acceder al cargo por esa vía. Ingenuamente, creí que me ofrecían un acceso estrictamente profesional cuando la oferta me llegó por otro medio. No habían pasado 90 días y un conselleiro poco hábil me exigió cabezas de periodistas y aquello terminó como el rosario de la aurora, hasta que dimití. Ni al principio ni durante ese conflicto recibí llamada alguna de Rajoy, lo que interpreté como su propósito de respetar mi autonomía. Si acerté en el análisis, ojalá no haya cambiado demasiado.