EL ALCALDE de A Coruña, el socialista Francisco Vázquez, dijo en una ocasión, refiriéndose a su propio partido: «Perdimos las elecciones generales, perdimos las elecciones municipales y ahora sólo nos falta que Maragall gane en Cataluña». Maragall ha sido la performance del verano. El disparate anacrónico que vende como canción del verano no se sostiene casi ni por él mismo en su confuso enunciado. Dice el propio Maragall que la región europea que pretende construir albergaría a «doce, quince o diecisiete millones de habitantes, que son los que se necesitan para empezar a tener peso en Europa». Que en su propuesta estrella no sepa aún a cuántos millones de habitantes englobará demuestra lo que le importa la gente y también lo elaborada que está. Por otra parte, si se necesitan diecisiete millones de habitantes para empezar a sonar en Europa, no digamos el ruido que se puede hacer con cuarenta millones realmente existentes en España, con perdón. Pero quizá lo más grave es la reiterada vocación de Maragall por hablar siempre en nombre de Cataluña, como si él detentara la exclusiva de esta denominación de origen plural y diversa. Reclama una diversidad y una pluralidad al Estado que él parece incapaz de aplicar dentro de Cataluña, incluso antes de llegar a la presidencia. No hace falta ser un lince para pensar que en Cataluña hay, por los menos, tres o cuatro opiniones distintas a las de Maragall, lo que le invalida de saque para encabezar todo el rato sus disparates con la frase «Cataluña piensa», y así. El caso es que la melonada de Maragall se suma al disparate de Ibarretxe y parece animar a dirigentes de IU de Andalucía a pedir la autodeterminación para Andalucía, lo que confirma, de forma empírica, que la estupidez es el mal más contagioso que existe entre los humanos. De seguir por esta línea, le van a permitir a Aznar que designe a Bartolín como candidato con la certeza de que ganará por mayoría absoluta. Maragall había conseguido pasar hasta ahora como un político cargado de futuro, con proyectos novedosos; un político de esos que reclaman soluciones imaginativas e inteligentes, innovadoras, y uno les cree lo que dicen. Pero el planazo de Maragall consiste en sacarse de la manga de la Historia la Corona de Aragón, sin la aquiescencia de aragoneses, valencianos, mallorquines y no digamos ya franceses, país, como ustedes pueden imaginar, en el que no se habla de otra cosa: cómo desmembrar la nada jacobina Francia para unirse, por el sureste, a Cataluña; y por el suroeste, a la comunidad autónoma vasca. El fiel escudero de Maragall en la comunidad vasca, Odón Elorza, acaba de recomendar a los políticos vascos que se masturben: «La masturbación es algo necesario que los políticos deberían practicar con más frecuencia», ha dicho Onán, digo Odón, Elorza en un despliegue oral que demuestra que posee información de primera mano sobre la escasa extensión del vicio solitario entre sus compañeros políticos. De manera que si las propuestas imaginativas y de futuro cabalgan a horcajadas de la Corona de Aragón y la masturbación, entenderán ustedes que algunos prefiramos seguir mirando hacia delante con la certeza de que el sentido común y la aplicación política del sentir de la mayoría son los elementos más revolucionarios y modernos que podemos encontrar para resolver los problemas reales. Fíjense, no ha hecho falta ni siquiera esperar a que presenten oficialmente el delirio de Ibarretxe para que los propios nacionalistas vascos hayan puesto a enfriar su disparate. Ayer era urgente, decisivo, inaplazable, crucial, histórico; hoy, ellos mismos, sin necesidad siquiera de echar las culpas a Madrid, se han dado cuenta de su anacronismo y se han dado un plazo -Begoña Errazti dice que hasta el 2005- antes de poner de largo el plan para terminar de descoyuntar la convivencia en la comunidad autónoma vasca.