LA LARGA campaña electoral ha comenzado con mar de fondo. José María Aznar ha pretendido tomar la iniciativa situando el foco en aquellos asuntos que estima rentables para su partido e intentando poner a la izquierda -especialmente al PSOE- a la defensiva, banalizando a Zapatero como líder de su propio partido. Pero cometeríamos un error si no vemos tras el discurso duro y rocoso de Aznar en Menorca la búsqueda de otros objetivos diferentes al mero ataque a la oposición. Porque no todo es bonanza en las filas de la derecha española. Los problemas del relevo de Aznar están a la espera. Y el presidente del Gobierno lo sabe. Todo relevo político implica cambios. Así ha sido siempre y así será. Es ley de vida. Y cualquiera que sea el tocado por la voluntad providencial de Aznar tendrá que demostrar, si quiere llegar a La Moncloa, que el Gobierno de España permanece en el palacete oficial y no en la presidencia de la FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales), cuya sede desde la calle Génova puede convertirse en un grupo de presión para defender el legado político de Aznar y para vigilar la ortodoxia del candidato. Aznar se va pero no se va. Rodrigo Rato, Mariano Rajoy y Jaime Mayor Oreja son conscientes de la situación y tendrán que ir con pies de plomo antes y después de la proclamación del sucesor a título de candidato de cualquiera de los tres. Pero además, alguna de las batallas electorales próximas pueden frustrar los planes del presidente. No es el caso de Madrid. A los errores cometidos por la dirección del PSOE, arrastrados desde los pactos precongresuales con los balbases , se habrá sumado, probablemente, el aprovechamiento por parte del PP de la tormenta provocada por los nuevos socialistas, Tamayo y Sáez. No será fácil evitar el peligro de que una parte de la izquierda madrileña, a medio camino entre el aburrimiento y el cabreo, retorne a la abstención tras el fiasco producido. En la sede del PP, lo que preocupa de verdad es la situación en las tres nacionalidades históricas : Cataluña, País Vasco y Galicia. Los disparos con obús contra Pascual Maragall, acusándole de medievalista, esconden el temor a los efectos que su probable victoria podría tener en el escenario posterior a las elecciones generales de marzo del año próximo. La caída de Convergencia (CiU) podría comprometer el apoyo imprescindible en Madrid si el PP pierde la mayoría absoluta. En el País Vasco, el giro de Zapatero -ya era hora- convierte la estrategia de Mayor Oreja en humo. Y en Galicia, el posfraguismo resultará más complicado de lo que creen. Sobre todo si Xosé Manuel Beiras -insustituible en el BNG- y Emilio Pérez Touriño hacen lo que tienen que hacer.