MADRID, más de 35 grados. Mucho calor y morbo político. Aquí ni siquiera en verano y con lo que está cayendo se descansa. Esta es la ficha escueta de la situación de quienes disfrutamos de un verano que sería tedioso si no fuera porque al sur de la capital unos cuantos políticos madrileños están representando el más alucinante y exitoso espectáculo de Los veranos de la Villa , aunque fuera de programa. Su título, claro y rotundo: La Asamblea . El guión es improvisado, fruto del talento político y dialéctico (entiéndase en sentido figurado) de muchos autores, aunque basado, como en los buenos dramas clásicos, en una traición, seguida de una supuesta trama político-inmobiliaria, que ha impedido que la coalición del PSOE e IU se instale en la Comunidad de Madrid para administrar dos billones de Poder -léase pesetas- cada uno de los cuatro años que dura una legislatura. Con estos interesantes ingredientes como argumento conductor, los actores deciden representar un auto de fe a la vieja usanza, en la Asamblea de la Comunidad, para estrujar a los culpables y a sus supuestos cómplices hasta que canten y escupan el secreto de su despreciable conducta. La televisión regional, Telemadrid, habitualmente anodina y paleta, despierta de su mediocridad y decide poner el ojo electrónico en el espectáculo que ofrece el tribunal político y, ¡prodigio!, se topa con el más interesante reality show de los últimos tiempos. Ni Gran Hermano , ni el Hotel Glamour , ni la Isla de los Famosos , ni siquiera Operación Triunfo , han logrado mantener las cuotas de interés en estado morboso, y durante horas y horas, de miles de espectadores, en este caso sólo los madrileños, que han permanecido pegados a la pantalla aguantando sudores, enganchados a la droga de los careos de la comisión de investigación y, cabría añadir, de hostigamiento. La audiencia ha superado con creces a las cadenas nacionales y los actores, claro está, se han crecido. Algunos analistas de este fenómeno -los formales- dicen que este éxito televisivo se debe a la preocupación e interés de los madrileños por las cuestiones políticas de su comunidad. Otros -los frívolos- deducen que el interés por los interrogatorios a los presuntos implicados es debido al ensañamiento y crueldad de los inquisidores, enrabietados por haber perdido el poder, cuyo cabreo activa el morbo del personal espectador y lo engancha, sin remedio, al televisor. Entre una teoría y otra, parece que la segunda, que llamaremos la versión canalla , es la más verosímil porque no está nada claro que los madrileños se preocupen especialmente -y menos aun ahora- por la política de su comunidad. Una tercera interpretación, que abona el éxito de audiencia, sería que, como en los buenos y acreditados reality shows, nadie entiende lo que dicen los actores ni falta que hace. Lo que priva es el gesto. No se debería tomar a broma el esperpéntico espectáculo de esta Comisión inquisitorial, cuya única conclusión apreciable es que todo lo que ha ocurrido después de las elecciones es consecuencia de un conflicto de intereses y de influencias que viene de lejos y que, unos y otros, intentan enmarañar con esta farsa. Es evidente que Madrid no se merece la clase política que tiene y que, salvo excepciones, está compuesta por los equipos de reserva de los partidos nacionales. Sin embargo, algunos y algunas tienen porvenir en los culebrones.