PARA EE. UU., que suele considerarse espejo del mundo en el que las sociedades se ven como pueden llegar a ser de mayores, el siglo XXI no parece que esté empezando muy bien. Al apagón sobre la conciencia crítica, la libertad de expresión y el resto de libertades cívicas, sólo iluminado por esa gran lumbrera de Occidente llamada Bush Jr., que se entienden consecuencias del 11-S, ha venido a juntarse el tremendo apagón sufrido por gran parte de las grandes ciudades del Nordeste. A la fragilidad demostrada por los servicios de seguridad y del ideal democrático liberal de la supremacía de lo civil sobre lo militar, se añade ahora la de los sistemas energéticos que permiten la sociedad industrial. Pero probablemente la cuestión no es mera coincidencia pues a lo largo de la historia se sabe que la cantidad y tipo de la energía utilizada, así como los convertidores energéticos adoptados condiciona la manera de vivir del hombre en lo material y establece ciertos límites previsibles en lo que va a ser capaz de realizar y en la forma en que habrá de organizarse la sociedad. Normalmente no se distingue, porque es difícil para el que no está metido en estas cuestiones, entre las relaciones vinculadas primariamente a los convertidores y las operaciones técnicas, de las que tienen su origen de modo primario en lo social. Es decir, entre energía y sociedad puesto que la preservación sin impostura de un sistema de valores exige un suministro continuo de energía que permita satisfacer la demanda impuesta por ese tal sistema de valores. Por ejemplo, la introducción de un convertidor de alta energía como es el velero transformó la navegación, el comercio y la sociedad. La revolución industrial lograda con el abaratamiento energético del transporte, la utilización de las máquinas y el conocimiento de los ciclos termodinámicos generadores de energía útil ha supuesto una gran transformación histórica que ha permitido la creación de orden, el estado democrático de bienestar y la estabilidad de una importante clase media dedicada al mantenimiento y profundización de ese orden. Tanto en los ecosistemas naturales cuanto en los sistemas sociales la creación de orden intramuros de ese sistema implica la producción de entropía, o desorden en forma de pérdida de energía útil, contaminación y calor «fuera» del mismo. Tras la crisis energética de los setenta en la que se ha venido produciendo un proceso de aumento de los costos energéticos medidos en unidades energéticas, el sistema social se ha ido encogiendo hacia su núcleo duro y ha tratado de sacar extramuros a los sectores más débiles o desprotegidos. Desde una perspectiva global u holística, la legitimización de un sistema se mide por su éxito en satisfacer las necesidades reales expresadas tanto en términos ideológicos, físicos como monetarios, así como en el aseguramiento de la estabilidad del sistema a largo plazo. La inversión en nuevas redes de energía tiene un elevado coste energético y medioambiental, además del puramente financiero, del que es preciso ser conscientes especialmente en un mundo como el industrializado que descansa en el consumo creciente de recursos fósiles de carácter no renovable, cuya energía neta útil suele ser decreciente. Pero ahora, una vez privatizados los principales agentes y en mano su gestión del sector financiero, la legitimización estriba en la mal llamada creación de valor para el accionista, aunque se desprendan las empresas de sus obligaciones para con la sociedad, bien ralentizando el desarrollo de nuevas redes logísticas, bien escatimando en seguridad, bien desmantelando las propias organizaciones para hacer hueco al abuso de la subcontratación mucho más allá de lo que las doctrinas sobre organización estratégica aconsejaban hasta hace poco tiempo. Eso sin contar con abusos en stocks options o sueldos multimillonarios que por lo que se ve contribuyen también a «crear valor para el accionista», la mohatra con auditores y certificadores basura, como en el reciente caso de Enron, junto con la proliferación de contratos basura para gentes muchas veces mal adiestrada, indefensa de derechos laborales, o sin formación suficiente para desarrollar tareas de riesgo y responsabilidad. Ello es un resultado interno de la creciente subordinación dentro de las empresas, incluso las energéticas e industriales, de la variable técnica y de investigación, y de sus representantes: ingenieros, científicos, técnicos especializados, ante los representantes de la variable financiera a la que se supedita todo, bordeando incluso la ley en ocasiones: abogados, economistas, psicólogos industriales, etcétera. En este orden de cosas lo raro no es ya que haya apagones, incidentes y accidentes sino que no sean más frecuentes. La situación en EE. UU. va recordando cada vez más la de la URSS antes de su caída: invasión de Afganistán, ahora de Irak, con consecuencias inciertas cuando no lamentables, desastre de Chernobil, pérdida de control, etcétera. Aunque existen muchas diferencias, hay una variable que se asemeja en este proceso de chernobilización que padece EE. UU. y no es otra que el auge del despotismo político e intelectual. Y ya se sabe que cuando el despotismo avanza, la luz de la Razón se apaga.