El presidente cobarde y el Zapatero valiente

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

PRIMERO lo dijo Zapatero y luego José Blanco, su ayudante: Aznar es un cobarde por negarse a acudir a dar explicaciones al Congreso tras el gravísimo atentado que ha costado la vida, entre otros, al capitán de navío Martín-Oar. Es verdad que lo de Blanco no debería sorprendernos, pues entre sus habilidades conocidas no se cuenta desde luego la del liderazgo intelectual que se precisa para generar un discurso alternativo al del poder. Más inquietante es, sin embargo, que quien aspira a ser presidente del Gobierno considere que la idea más trascendental que el líder de la oposición debe transmitir a los ciudadanos en un momento como este es que el presidente es un cobarde: Zapatero lo repitió el jueves pasado hasta diez veces. Con ello convierte Zapatero una cuestión de importancia indiscutible, pero adjetiva (la de quién debe comparecer ante la Cámara: si el presidente o su ministra de Exteriores) en el asunto sustantivo que según él debemos discutir en relación con la crisis iraquí. ¿Es así? No lo parece: más bien cabría sospechar que la insistencia de Zapatero en hablar del fuero (la comparecencia del Gobierno) y no del huevo (la posición que España debería adoptar en el conflicto) procede de la confusión de los dirigentes del PSOE respecto a cómo salir del atolladero en que nos ha metido la impostura fatua e irresponsable del Gobierno del PP. Pues lo cierto es que el atentado terrorista contra las instalaciones de la ONU no sólo constituye un rotundo mentís al cúmulo de falsedades en que Aznar ha basado su estrategia a lo largo de estos meses, sino también una prueba irrefutable de la demagógica ingenuidad que venía transmitiendo el grupo dirigente del PSOE cada vez que afirmaba que la solución del conflicto iraquí pasaba por la retirada de las fuerzas ocupantes y su sustitución por cascos azules de la ONU. Tan es así que, tras el atentado de Bagdad, el propio Zapatero se ha visto obligado a revisar esa increíble posición, repetida por él hasta el cansancio. Ello es tremendo, porque únicamente la seriedad y coherencia de la posición crítica del Partido Socialista (tras la huida de IU hacia el limbo de la política-ficción) permitirá desenmascarar no sólo el montón de embustes con el que Aznar, su gobierno y su partido han empedrado el camino hacia el abismo en que hoy nos encontramos, sino también ese discurso intolerable que convierte en enemigo de España a todo el que discrepa del poder. Tal operación de transparencia democrática no será posible, en todo caso, mientras los ciudadanos perciban al desenmascarador como otro enmascarado. O, peor aún, como una mascarita.