A PRINCIPIOS del siglo XX se dio un interesante debate sobre el porqué unas personas ven la realidad de una manera y otras de otra. Se le llamó el debate sobre la teoría del conocimiento y Europa fue el centro de la polémica. El marxismo ya había deslizado la tesis de que las ideas del personal eran mero reflejo de sus intereses materiales. Que la gente piensa lo que le conviene a su bolsillo, clase o grupo de interés. Y que no es libre, sino que su pensamiento está determinado por fuerzas inconfesables. Los freudianos añadieron un nuevo factor, el condicionamiento subconsciente, en el que lo sexual desempeña un papel central. Cada vez menos margen para la libertad personal. Nietzsche, por su parte, había señalado la voluntad de poder como fuerza casi irresistible de la naturaleza humana. Estas corrientes ideológicas se convirtieron en escuelas de la sospecha, de la desconfianza en los seres humanos, vistos como gente condenada a la doblez, a la mentira y a la hipocresía social. El hombre sería una creación que siente y quiere una cosa, pero dice y disimula la contraria. Añádase el neodarwinismo, la supervivencia como selección de los más aptos y se terminaba en un mundo donde priman los más crueles, duros y taimados.. Si todos somos ambiciosos, perversos y falsos, la mejor estrategia es la autodefensa dominando al semejante. La manipulación de derecha o izquierda de estas ideologías conducía a situar el Estado como centro vital de la sociedad. Una deriva muy peligrosa, ya que se le otorgaba el monopolio legítimo de la violencia, la justicia y la conducción económica y social. En las democracias anglosajonas tuvieron más suerte. Allí se consolidó la tradición del optimismo liberal. Ya Adam Smith afirmara que una pasión esencial del ser humano era la empatía, la capacidad de sentir y entender a los otros, por muy diferentes que fueran sus coordenadas sociales, económicas e históricas. Y lord Acton, como Roth-bard en la actualidad, dijeron que la pulsión por la libertad es la característica esencial del ser humano. Sobre tal estela Isaiah Berlin ha escrito que la capacidad de elegir, la responsabilidad, es la base de la sociedad libre. Que no es posible el derecho ni la convivencia sobre el supuesto que seamos entes prisioneros de motivaciones ocultas e incontrolables. De ahí que hayan tendido a centrarse más en las personas que en el Estado. Gustan del Estado mínimo y de la sociedad civil máxima. Estas dos visiones de la vida y de la historia siguen siendo las dos principales referentes de nuestro tiempo. En Europa se tiene poca fe en la gente, en los de arriba por ser explotadores y en los de abajo por supuesta carencia de personalidad y autonomía. Mientras que en los países anglosajones es mayor la movilidad, nadie está arriba ni abajo permanentemente, todo es provisional, los de abajo pueden subir y arriba no están siempre los mismos. El siglo XX ha sido su siglo, y vamos camino de que el XXI también les pertenezca.