QUEMAR UNA bandera puede ser tan sólo eso: quemar una bandera. Una expresión de inquina hacia el Estado que aquella representa. Ése fue el sentido, por ejemplo, de los excepcionales incidentes producidos en alguna de las manifestaciones de oposición a la guerra contra Irak: era la política del Gobierno, que determinaba la del Estado en el conflicto, la que provocaba la furia de quienes, en un acto de gran estupidez, creían que dando candela a un símbolo estatal defendían una causa. También yo conocí a un joven que en los momentos postreros del franquismo estaba, ¡angelito!, convencido de que apedrear las lunas de los bancos constituía «un ataque directo al capital». Son los pocos años, que no dan a veces para más. ¿Quiere esto decir que deba tolerarse que chavales cuyo sentido común crece más despacio de lo que crece su insolencia anden por ahí tirando piedras o dando fuego según sus desatinos juveniles? Claro que no. Quiere decir tan solo que, como en todas las cosas de la vida, también aquí resulta conveniente distinguir. Y ello porque, desgraciadamente, lo del País Vasco es otra cosa. Cuando allí los miembros de ETA o sus compinches prenden fuego a una bandera el significado de su acción va mucho más allá de un acto de rebelión contra el Estado al que esa bandera representa: lo que los 3.000 partidarios del método expeditivo de eliminar a sus adversarios a tiro limpio jaleaban en San Sebastián este domingo mientras dos encapuchados quemaban la bandera constitucional era la eliminación -física y política- de los vascos que, por sentirse españoles, se sienten representados por el trapo de colores que, al decir de Otegi, olía tan mal. Quemar una bandera de España es en el País Vasco una precisa alegoria del intento en el que está embarcado el nacionalismo radical bajo la dirección de una banda terrorista: el de crear una sociedad a imagen y semejanza de su delirio identitario mediante la eliminación de los que se oponen a ese proyecto demencial. Los vascos no nacionalistas (lo que se sienten representados por la bandera roja y amarilla) deben ser, como ella, consumidos: asesinados o forzados al exilio. No es una broma: muchos cientos de vascos han muerto ya y muchos miles han tenido que marcharse. Era, por eso paradójico, ver el domingo a Otegi y a su tropa marchar tras una pancarta contraria al apartheid. Los blancos de Euskadi protestando contra la única persecución que se vive desde hace años en las tres provincias vascas: la que ellos mismos dirigen contra los no nacionalistas, los auténticos negros del país. Los que sufren el único apartheid allí existente: el provocado por ETA y sus amigos.