Auctoritas e iustitia

| ANTONIO FERNÁNDEZ BUJÁN |

OPINIÓN

11 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

NADIE EN la historia de la humanidad cautivó tanto el corazón humano como Cristo. Nadie como Cristo pasó por la tierra haciendo el bien. Sin acepción de personas, ni de clases sociales, curó enfermos, socorrió a afligidos y marginados, cuestionó el dogmatismo de lo políticamente correcto en la época, predicó con su palabra y su ejemplo de vida la paz, el amor y la solidaridad. Todo ello le convirtió en un referente para su pueblo, en un líder espiritual que enseñaba una moral nueva, misericordiosa con los débiles y las debilidades del ser humano, al propio tiempo que exigente frente a quienes falseaban el mensaje de los profetas, con fines espureos, a quienes denuncia como «hipócritas, guías ciegos, sepulcros blanqueados, personas llenas de iniquidad, raza de víboras». Pero todo ello, no le libró de ser víctima de uno de los procesos más inicuos de la historia, en el que se refleja con toda crudeza la contradicción que supone la confrontación entre la auctoritas de Cristo y la potestas del Sanedrín y del poder político romano en el marco de la grandiosidad y el misterio del drama de un hombre justo que es juzgado en un pseudoproceso y condenado a muerte por una sentencia injusta. El proceso contra Cristo, plantea una de las preocupaciones permanentes de los estudiosos del derecho de todas las épocas, a la que el Santo Padre se ha referido en diversas ocasiones, la interrelación entre lo jurídico y lo justo, en aquellos supuestos en los que se produce una disociación entre justicia y la interpretación del ius, una contraposición entre las razones de la democracia y el respeto a la voluntad popular, y la legitimidad de las leyes y las sentencias injustas. El contraste entre la letra de la ley y su espíritu, entre el formalismo, el relativismo y el escepticismo como soportes de la conciencia individual, frente a la radicalidad de búsqueda de la verdad y la justicia. Son temas abiertos en el estado actual de la investigación histórica, filosófica y teológica, en los que es necesario buscar puntos de encuentro, dialogo, comprensión y reflexión socrática; que más vale padecer la injusticia que provocarla, sin que ello nos sitúe en el victimismo, en la desesperación o en el silencio ante lo que se considera injusto. Hoy el Santo Padre, Juan Pablo II, sucesor de Pedro, supremo representante de Cristo en la tierra, goza de un indiscutido prestigio en la escena mundial, no sólo como garante y depositario de la moral católica y autor de encíclicas, cartas apostólicas e innumerables discursos pronunciados en las más diversas y representativas sedes, sino también, como se afirma en la Laurea ad honorem concedida por la Universidad de La Sapienza en mayo del año 2003, por su defensa de los derechos humanos, su denuncia de las injusticias del orden económico mundial, y su rotunda consideración de la dignidad de la persona como un valor metajurídico, causa y fundamento de todo derecho. El testimonio de vida y de verdad del Santo Padre, testimonio de Cristo y del Evangelio, la autenticidad de su mensaje, la alegría y esperanza de su palabra, en un mundo de incertezas, de injusticias, de preguntas sin respuesta, se configura como la más nítida expresión visual de la exhortación que, formulada desde la auctoritas, se ha convertido, por la necesidad vital del hombre de creer, de confiar y de sentirse seguro, en una de las máximas más repetidas y queridas de su pontificado: «No tengáis miedo». No suelen pasar desapercibidos los gestos heróicos por la carga emocional que conllevan. Sin embargo, en la relación de condecorados por la Xunta de Galicia con la medalla Castelao, observé una ausencia relevante. Me refiero al guardia civil Alfonso Ferreira Antón, que pereció ahogado al intentar rescatar a un pescador atrapado en las aguas del río Ulla. Quizás lo consideraron suficientemente recompensado con la medalla a título póstumo por el ministro del Interior. Ahora bien, en una solemne ceremonia en la que se reconocieron los méritos de un grupo seleccionado de personas, no debieran olvidarse de la gesta que protagonizó recientemente nuestro paisano Alfonso. Ignacio Toimil Vila. Sada Algunos pensábamos que la democracia ya estaba asentada en nuestro país, pero a raíz de los últimos acontecimientos acaecidos en Madrid y Sarria, nos damos cuenta de que hay fisuras por donde se cuelan los indeseables, enemigos de la buena fe de las gentes que votan, no a una persona, sino a las ideas. Habrá pues que revisar la ley. Hechos tan deshonestos, como el protagonizado por Sabela en Sarria producen efectos positivos. Gracias a su falta de escrúpulos y desprecio a todo aquello que representaba, ha conseguido que cientos de sarrianos se unan y participen en una gran manifestación. Creo que quien pierde con toda esto es la democracia. Como sarriana me siento orgullosa de que mis paisanos vayan perdiendo el miedo y se atrevan a reclamar lo que tan injustamente se les viene arrebatando. Mis felicitaciones a doña Victoria (creo que es diputada del PP), por sus gestos, que tanto dicen a su favor y demuestran su esmerada educación . Esta mujer es la presunta intermediaria en el trasfuguismo de Sabela y se atreve ante sus convecinos a hacer gestos obscenos, con la mano derecha, eso sí, y por dos veces. Con el pulgar en la nariz y su sonrisa hueca. También elevando el dedo corazón sobre los otros. Este detalle hacia las personas allí reunidas, que no hacían más que reclamar lo que de manera tan injusta se les arrebató, exasperó los ánimos. Dos personajes que quedan unidos así en la historia pol¡tica de Sarria: Sabela y Victoria. Madrid.