Teoría del calentón

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

MI AMIGO Fernando Jiménez publicó hace años un libro espléndido sobre los escándalos políticos. Miguel Caínzos, amigo también, y brillante sociólogo, ha dedicado tiempo a investigar las relaciones entre expresión del voto y pertenencia de clase en la sociedad contemporánea. Yo mismo, humildemente, creo no haber estado desatinado por completo al estudiar la financiación y la vida interna partidista y la decisiva importancia para esta última de las formas de selección de candidatos y altos cargos. Pues bien, todo el esfuerzo intelectual del que estos ejemplos constituyen una muestra muy modesta, puede considerarse «leche y pan pa sopas» tras la recientísima emergencia de una categoría analítica llamada a revolucionar la sociología y la politología: es, señoras y señores, la teoría del calentón. José Luis Balbás fue su primer formulador: según él, la traición de Bonnie and Clyde en la Asamblea madrileña habría sido fruto «de un calentón». Ya puesta en el mercado, la teoría ha sido recogida por la sección española de ITT (Internacional de Timadores y Truhanes), dos de cuyos miembros más ilustres, Muñoz y Gil y Gil, explicaban anteayer ante el fiscal que sus mutuas acusaciones de tráfico de influencias y prevaricación no eran más que un calentón. Fíjense bien, pues o mucho me equivoco o esto del calentón acabará dando para todo, demostrando así, como en la célebre zarzuela, que hoy las cosas adelantan que es una barbaridad. Sí, sí, una bestialidad: en mi juventud, si alguien tenía un calentón en lugar de robar dos mil millones o de traicionar a sus votantes, se iba al cine con su novio o con su novia a ver Los hermanos Karamazov y a darse besos de tornillo. En el cine de mi pueblo, por ejemplo, los calentones estaban a la orden del día, lo que había convertido al acomodador (conocido allí por Lucecita ) en una especie de gran inquisidor que, tras las oportunas advertencias, echaba mano de un flis-flis cargado de zotal que provocaba un inmediato efecto disuasor: tras la rociada tenía uno la sensación de estar besando una rueda de camión. Y, claro, uno se ponía seriecito. Sólo recuerdo una ocasión en que las cosas pasaron a mayores. Se proyectaba una película de gran calado cultural (de Nadiuska, me imagino) y un espectador no pudo soportar el calentón derivado de la sensualidad de las imágenes. De pronto se levantó y gritó para susto de todos los presentes: «¡Ay, ay, ay, como me doe a vista!». ¿Fue aquello una anticipación? Ahora lo creo: pues eso acabaremos probablemente por exclamar los españoles de bien tras contemplar estos nuevos calentones que ofenden todos los sentidos: también el de la vista.