DE SOL A SOL | O |

08 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

UN AMANTE del boxeo como yo (aún quedamos algunos) no debe guardar silencio mientras algunos pseudointelectuales aprovechan la bancarrota de Mike Tyson para cargar contra este noble deporte. Lo cual demuestra que no han entendido nada de lo ocurrido. El caso de Mike Tyson es modélico respecto de cómo, por la mediación del boxeo, un chico de trece años destinado a ser mano de obra del mal, fue adoptado y enderezado por el preparador Cus D'Amato, que vio en él unas condiciones extraordinarias, y se convirtió en un boxeador imbatible y en el más joven campeón mundial de los pesos pesados. Esta es la historia edificante que hasta hace unos años todos pregonaban. Luego el promotor Don King, un racista a la inversa, convenció a Tyson de que el boxeo era un negocio que debía beneficiar sólo a negros como ellos. Ahí empezó el mal. Muerto D'Amato, su valedor, Tyson se deslizó por una pendiente de caprichos y abusos. Pero no fue el boxeo quien lo perdió. Por el contrario, el boxeo lo puso a salvo y lo convirtió en el mejor deportista del mundo y en el mejor pagado. Tiburones y sanguijuelas destrozaron la magnífica obra que el deporte había hecho. Así es como debe contarse esta triste historia.