La clave del enfrentamiento entre el primer ministro británico y la BBC no carga tanto su peso en las pruebas acerca de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak como en la capacidad iraquí para desatar un ataque en 45 minutos. Son dos cosas distintas y de índole diversa, aunque de naturaleza aproximada, sobre las que el Gobierno de Tony Blair proporcionó unas informaciones que la BBC desmintió con otras conseguidas de unas fuentes que no podían ser otras que las del Gobierno: sus propios expertos. Tal es el círculo vicioso cuyo cierre se cobró una víctima con el suicidio del doctor David Kelly, experto en armas bacteriológicas. Una muerte cuyas circunstancias son ahora objeto de investigación judicial. Lo que el juez va a investigar no es, así, pues, el hecho del suicidio en sí del desdichado Kelly, sino el contexto en el que tuvo lugar un hecho tan lamentable. Ese contexto abarca no sólo -ni principalmente- las razones de Kelly para tomar la decisión que tomó, sino lo que hicieron y lo que no hicieron, el porqué, el para qué y el cómo hicieron y no hicieron su trabajo el Gobierno y la BBC. Puede que todos lo hicieran bien: el trabajo del asalariado del Gobierno que cobra por adecentar algunos actos del Gobierno, y el trabajo del asalariado de la BBC que cobra por averiguar y presentar los verdaderos rasgos del muñeco disfrazado por el asalariado del Gobierno. Esos dos trabajos, bien hechos, son como dos trenes lanzados a toda velocidad y en la misma vía el uno contra el otro. Cuando no están bien hechos, el choque se produce igualmente, pero fuera de todo control, y sus víctimas, entonces, exceden todo y cualquier cálculo. El Gobierno estaba en la obligación de convertir sus motivos para atacar Irak en un mensaje convincente al Parlamento, al electorado y a la opinión pública. La BBC debía quitarle el disfraz a tal muñeco y dejar al Gobierno a solas con sus motivos. La BBC dio por sentado que Kelly era el hombre adecuado para señalar los adornos del muñeco. Era, también, el más acostumbrado a hablar con los periodistas. Kelly estaba tan convencido de que Irak contaba con armas bacteriológicas como de que las ocultaba muy bien. De lo que no podía estar convencido -porque no era de su incumbencia- era de la capacidad de Irak para atacar en 45 minutos: la capacidad añadida de modo torticero por el Gobierno al discurso de sus razones para atacar Irak. De tal modo convirtió su mensaje en mentira, haciendo su trabajo como no debía hacerlo. La BBC, por su parte, abusó de la confianza de Kelly al hacerle pasar como fuente de una información que estaba fuera de los límites de sus conocimientos específicos. A Kelly se le atribuía así la responsabilidad de un dato utilizado por la BBC no a favor de la verdad, sino de la espectacularidad de su información. El resultado fue que al despojar de su disfraz al muñeco, quien quedó desnudo fue Kelly. Lo utilizaron para convertir una mentira en mensaje, y para hacer de ese mensaje mentiroso un espectáculo informativo. Violaron por dos veces lo que él entendía como el sentido de su oficio, de su misión y, quizá, de su compromiso. Ésas son, por ahora, las circunstancias de su muerte.