A SABIENDAS de que navego contra corriente, empezaré por decirles que Álvarez Cascos es un buen gestor y un buen ingeniero. El diseño de sus planes viarios, y el orden escogido para su realización, es el mejor de la democracia, y su decisión de afrontar una renovación general de los ferrocarriles de España, que incluye los que hasta ahora no salían en el mapa, le hace acreedor de algunos elogios que injustamente le negamos. Creo, no obstante, que la actividad de este asturiano desabrido, trabajador y excelente político está lastrada por estos cuatro errores: creer que los buenos principios garantizan los buenos finales; consentir que los políticos locales hagan demagogia con sus números, plazos y trazados; olvidar que los hombres públicos no tienen derecho a poner mala cara y a perder la paciencia; y no reconocer que antes de él ya había un AVE que impuso la ley de su funcionamiento sobre los críticos que lo convirtieron en un dardo envenenado contra los felipistas. Lo demás está dentro de lo que, de acuerdo con los criterios de gestión de la obra pública, hemos de considerar normal. Que el AVE a Barcelona sólo se retrase un año, y no sufra encarecimientos globales superiores al 20 por ciento, es casi un milagro. Que haya que reformar doce kilómetros de vía, en período de pruebas, es una incidencia menor. Que haya que testar y adaptar los controles de seguridad de última generación, es una pura obviedad. Que Galicia haya entrado en las cuentas de una renovación ferroviaria que nadie se creía, es el resultado de una inédita programación integral del transporte. Y que se le vaya la mano inaugurando traviesas, apenas significa más que una servidumbre ante la política de imagen que domina en todos los ámbitos de gestión y en todos los partidos que tocan el poder. Por eso sería de muy mal gusto utilizar el grave incidente ocurrido ayer tarde en el túnel de Riofrío para hacer burlas y cuchufletas de un ministro que, por hosco que sea y se comporte, no se lo merece. Y por eso no voy a caer en el error de convertirme en un funesto augur que, después de leer el futuro en las entrañas del AVE, concluya finalmente que toda la culpa de este y otros conocidos accidentes la tiene Álvarez Cascos. En cuestión de seguridad, y hablando de España, nadie tiene legitimidad para tirar la primera piedra. Y aprovechar estos sucesos para descalificar globalmente los proyectos de Fomento, en vez de preguntar por sus causas y soluciones, me parece una bajeza que no quiero cometer. Porque, aunque sé que Álvarez Cascos es el eslabón más débil de un aznarismo que me hastía, no quiero ganar ninguna batalla pagando el altísimo precio de seguir la corriente.