¿CUÁNTO VINO vende un conselleiro que se viste una capa demodé e ingresa en la Cofradía del Albariño? ¿En qué cambió el comercio de los pementos de Padrón con la investidura de Fraga como presidente de honor de su renombrada Orden? ¿Qué ganó la imagen de Galicia el día en que un antiguo vicepresidente de la Xunta ingresó en la Venerable Orden da Vieira? ¿Qué necesidad sienten ustedes de ese folclore de capas y cofradías para decidirse a comprar queso de Cabrales, vinagre de Módena, whisky de Escocia o aceite de Antequera? Si el vino Rías Baixas no fuese el reino del minifundio y la diversidad, donde la calidad se juega a la ruleta rusa y los precios superan al Burdeos, seguramente lo beberíamos mucho más, dentro y fuera de Galicia. Si los pementos de Padrón llegasen al mercado en cajas de madera, seleccionados por tamaño y en su justo punto de maduración, seguramente se venderían mejor que metidos en bolsas de plástico, mezclados los grandes con los pequeños y los que pican con los dulces, y a un precio que, más que la calidad del producto, está pagando la inadecuada dimensión de las explotaciones y la imposibilidad de invertir en modernos cauces de comercialización. Y si alguien supiese decirnos en qué se distinguen las nécoras de O Grove de las que traemos de Gallway a mitad de precio, estaría evitando que llegásemos al mercado pidiendo directamente nécoras «de fuera», para que nadie nos time en el precio y nos haga pagar el patriotismo a precio de oro. Galicia ya sabe lo que es la comercialización moderna en el mundo de la moda, los congelados, los coches o las conservas, donde, sin necesidad de ponerse ridículas capas e ingresar en órdenes folclóricas, se ganan los mercados a base de calidad, precio y cadenas de distribución. Y por eso me temo que, al socaire de una inevitable modernización de los mercados, cada vez será más difícil convencernos de que el vino, los pimientos y las nécoras tienen un valor añadido por su nacionalidad, en vez de limitarse a comparar los parámetros que definen la buena cesta de la compra. A mis amigos de fuera les gustan mucho estas fiestas y cofradías porque les da la sensación de estar veraneando en un país exótico y atrasado, que todavía espera vender los productos como antes se vendían los grelos, poniéndolos al borde de la carretera y esperando a que pare un señorito. Pero a mí me da mucha vergüenza tener tantos políticos que, en vez de hacer su trabajo en invierno y descansar en verano, hacen clientelismo durante el curso y visten, en verano, capas de todas las cofradías. Porque, si las cosas empiezan a moverse y a ir medianamente bien, tengan por seguro que no se debe al folclore.