La valiosa presa marbellí

| ROBERTO BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

MARBELLA es como un inmenso callejón de Gato, auténtico esperpento donde se hacina toda la truhanería nacional: folclóricas memas y engreídas, delincuentes de guante blanco y mano negra, empresarios botarates y venales, sátrapas de Oriente y Occidente, ex dictadores, chulos y putones verbeneros, tránsfugas, vejestorios y lolitas, todo en Marbella se mezcla para servir de abono a la indiscutible flor del cóctel posmoderno: la basura. Basura política, económica, moral e informativa. Basura estética, en medio de la que han venido a destacar pájaros de la catadura de Gil y Gil y el tal Julián, dos especímenes químicamente puros de lo que puede dar de sí la borriquería mezclada con el poderoso caballero que, según el verso de Quevedo, es Don Dinero. Entre kilos de gomina y sacos de caspa, Marbella se ha convertido en un zoco del exceso, del mal gusto y la sinvergonzonería. No es eso, sin embargo, lo que llama poderosamente la atención: igual que se atraen los planetas entre sí, también los pillos acuden al pastel como las moscas a la miel. Lo sabemos por la novela picaresca y poco han cambiado a ese respecto las cosas de entonces para acá. Pero cuando el lazarillo de Tormes o el buscón don Pablos hacían de las suyas -probrecitos- sisando vino al ciego y al dómine Cabra pan mendrugo, no había elecciones democráticas. Los pícaros del ruedo nacional andaban otrora de salteadores de caminos, de aprendices de torero o de goyescos, embozados y con navaja a la cintura. Los actuales ganan elecciones a cara descubierta, en Marbella y otros zocos, y no precisan faca, escoltados como van por los munisipales. ¿Cómo ha llegado a acontecer tal desatino? William Shakespeare nos da la explicación en diez palabras: «Las valiosas presas convierten en ladrones a los hombres honrados». Sí, señor, bien por don William: sólo la existencia en Marbella y otros zocos de presas valiosísimas ligadas al negocio inmobiliario permite explicar que Giles y Julianes, o en otro desorden de cosas, don Tamayo y doña Sáez (los Bonnie y Clyde de la cosa de las autonomías) hayan podido sentar plaza de políticos. De los partidos depende, por eso, que toda la caterva de pícaros, pisaverdes, sopistas y simples sinvergüenzas que, como el chapapote a nuestra costa, llegan a la política local, sean expulsados de lo público con la energía que puso Jesús en expulsar del templo a los inmorales mercaderes. Pues ellos han venido -¿quién lo duda ya?- para quedarse, sin otro programa que el que resumía Jardiel Poncela con su talento habitual: el de que ser honestos es aburrirse gratis. Ellos quieren divertirse: a costa del presupuesto, claro está.