La nueva movida madrileña

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

LA CRISIS del partido socialista en Madrid está ofreciendo un inapreciable caudal de información para formular una nueva teoría sobre la política y la economía realmente existentes. La tesis principal ha de refutar a Marx: la política no es necesariamente la correa de transmisión de los poderes económicos, sino que la política puede convertirse en el mayor de los negocios económicos, generar nuevas castas financieras e imponerse a la mayoría del empresariado social que se mueve en mercados difíciles, con mayor o menor grado de competencia. El vértice de la élite del poder no es el caricaturizado tipo de la chistera, sino la oligarquía del clan político que controla cada específico nivel de la administración pública, del idealizado aparato que declara operar a favor de los más necesitados. Las supuestas fuerzas de la cultura nos habían reportado de Madrid una imagen festiva y vanguardista, la llamada movida madrileña, una alianza de políticos guay con la farándula progre, una república de las artes y las letras que emergía al anochecer. Estos conductores de la nueva corrección política vivían aparentemente al margen de cualquier infraestructura económica, ajenos al mundanal ruido de los cazadores de rentas y privilegios. Como en el resto del país. Hoy no se puede entender la estructura socioeconómica de España, sus autonomías y lugares más recónditos sin el factor de la naturaleza e intereses de los agentes políticos como la clave determinante en última instancia. Y tal conocimiento no se lo debemos a los académicos, sino a los periodistas de investigación. Nos contaron tanto los negocios del nacionalismo vasco como del socialismo del cambio, las tramas populares y los apaños catalanes, las andanzas de la mafia marbellí y los generalizados saqueos de todas las Españas. Informaron de la pugna de ambiciones entre los poderosos, la permanente rueda del quítate tú para ponerme yo. El resultado es nuestro asombrado y tantas veces amargo despertar al conocimiento de este país. Ya lo sabemos casi todo y resulta tentador abandonar toda esperanza de regeneración de la vida pública. El affaire madrileño ha recordado la intensidad y capilaridad de la corrupción, pero con el desasosiego añadido de la perennidad. Vemos diariamente la dureza de las luchas en el poder, la fibra de gélido acero de los contendientes, hombres y mujeres sin atributos morales o estéticos, profesionales del asesinato simbólico, virtuosos del cinismo impávido; y no vemos la salida del túnel. Hay que cambiar las bases legales y las reglas del juego político. El urbanismo debe perder discrecionalidad, los grandes contratos públicos se han de asignar por subasta, y los políticos tendrían que ser elegidos en distritos uninominales, personalizados más allá de la penumbra envolvente de la sigla del partido. Solo acometiendo estos cambios avanzaremos en la inaplazable regeneración de nuestra vida política. Es la gran enseñanza de la nueva movida madrileña.