Arriamos... y a la cama

GERARDO G. MARTÍN

OPINIÓN

EL EPISODIO de las banderas -¡además, azules!- recuerda, por el color y por algunas actitudes, aquellos campamentos del antiguo régimen, en el que uno mandaba y todos los demás obedecían. En el centro de los barracones o de las tiendas estaba la bandera, que generalmente con solemnidad se desplegaba al viento al inicio de la jornada y se arriaba al término del día, para dar paso al silencio sepulcral. Cuando la bandera caía, el personal se iba a la cama para enmudecer. Ésa es la sensación que tengo con el problema de la entrañable Mariña lucense: una nutrida tropa de representantes de las administraciones ha querido mandarnos a dormir, ha pretendido dejarnos callados, como si aquí no pasara nada. Se insiste en que la medida de Adeac, la asociación responsable de conceder y retirar banderas, es cautelar. ¡Faltaría más! Es como cuando a uno le pisan en el autobús y le dicen: «Perdón, ha sido sin querer». Hombre, ¡estaría bueno que encima hubiera sido queriendo! ¿Qué significa esa cautela, que no hay riesgos para las personas que se bañan? Nadie con un mínimo de sentido común piensa otra cosa, pero vivimos en una sociedad en la que tanto o más que la realidad de las situaciones cuentan las percepciones, lo que creemos. Y objetivamente, unas playas maravillosas, algunas con larga tradición de banderas, han dejado de ser, siquiera temporalmente, un ejemplo. Y eso tiene un coste. ¿Dónde está la raíz del problema? En que el Prestige, muerto y mil veces muerto desde instancias oficiales, todavía colea. Y aún puede colear más. Por eso no podemos irnos a la cama si no es con un ojo entreabierto, para criticar una vez más errores ya antiguos y no remediados. Que no está el panorama para que arriemos la bandera de la observación crítica de nuestras castigadas costas, aunque el mando, ondeando sus banderas azules, nos diga que otra vez ha llegado la hora de dormir. No sea que lleguen a exigirnos cantar Montañas nevadas en agosto.