De Fernán a Alvargonzález

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

RECIENTEMENTE, junto a la tumba de Fernán González primer conde rey de Castilla y Álava en la Colegiata de Covarrubias, y cerca de los ruinas del milenario monasterio de San Pedro de Arlanza donde nació la Castilla histórica, entidad inseparable de las tierras vascas, reflexionaba, no sin melancolía, sobre el sentido de la antigua aventura vasco-castellana, de ese «islote de hombres libres en la Europa feudal» pionera del derecho constitucional con sus fueros de libre albedrío, y que tan diferenciada estaba por esa época, hace más de mil años, de los reinos visigótico de León y del enemigo de Navarra. Pero, «en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño», y en parte de esos campos que fueron testigos de las libertades primigenias de una España que quiso nacer como polo de libertad con una espiritualidad diferente de la propugnada tras la invención del sepulcro del apóstol, la codicia ve, tras la muerte, herencia, y no goza de lo que tiene por ansia de lo que espera. Y así sus hijos cainitas se disponen a emplear el hacha de hierro contra su padre. Ibarreche y Arzalluz, tras ahorcar los hábitos, traman el crimen abominable. El padre sueña que sus hijos lo matan y cuando despierta mira que es cierto lo que soñaba. Esconden su cuerpo dentro de la Laguna negra del olvido, tan tenebrosa que la luz desaparece. El que la tierra ha labrado no duerme bajo la tierra y en los campos sabios, tanto que tienen alma, crecen las amapolas sangrientas y pudre el tizón las espigas. El fuego se apaga, como se nos acaba España, y con ella: la Libertad.