Los quioscos de Londres

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EN VEZ DE perder el tiempo en el British Museum, o en el Royal Albert Hall, los españoles que estos días nos encontramos en Londres pasamos las horas alrededor de los quioscos, totalmente obnubilados por una prensa y un país que está revisando a fondo la Guerra de Irak y pasándole revista a los comportamientos políticos y parlamentarios que marcan el nivel de calidad de una democracia. Frente a lo que vimos e hicimos en España, el bueno de Tony Blair se batió el cobre en el Parlamento para conseguir -¡con el voto de sus adversarios conservadores!- la legitimación de una guerra llena de malos olores. Su alineamiento con Bush tampoco supuso, como en nuestro caso, una grave quiebra en la línea de amistad diplomática con el mundo árabe. También se acepta que su concurrencia a las Azores fue una decisión lógica para quien, al contrario de lo que nos sucede a nosotros, tiene más lazos con América que con Europa, y trata de sacar ventaja de su histórica función de puente entre dos continentes. E incluso dicen las crónicas que la opinión pública británica, al revés de la española, estaba de acuerdo con la aventura militar de Irak, y que todos los ingleses, en contra de lo que nosotros solemos hacer, se sentían orgullosos de un Ejército que es capaz de meter la bayoneta en todos los conflictos del mundo. Pero, deseoso quizá de apurar la jugada, y de servir con diligencia a un pueblo repleto de nostalgias imperiales, el pobre Tony Blair se dejó arrastrar por la tentación de la mentira, dando por supuesto que había armas de destrucción masiva que amenazaban nuestra civilización y la paz del mundo, y amañando los informes de los servicios secretos para que le sirviesen una argumentación más brillante en el Parlamento. Y fue entonces cuando los británicos le dijeron que hasta ahí podíamos llegar, que las mentiras políticas son más asquerosas que la guerra misma, y que con la voluntad soberana de la nación no se juega ni se hacen cuchufletas. Mientras en España se discute la escolta de Simancas, o si Ruíz Gallardón puede compatibilizar los cargos de alcalde y presidente de la Comunidad de Madrid, la política inglesa nos está dando una formidable lección de cómo se depuran las responsabilidades políticas, y dónde están las claves que preservan la esencia de la democracia y dan brillo a sus instituciones. Por eso los españoles nos amontonamos este verano en torno a los quioscos de la City . Porque algunas momias egipcias y algunos conciertos sinfónicos también se pueden ver o escuchar en España. Pero el espectáculo de una democracia madura y avanzada, en pleno funcionamiento, es una colosal sorpresa que un español jamás encuentra en la calle.