La batalla de la seguridad

OPINIÓN

EN UN DISCURSO ante el Consejo de Líderes Demócratas, celebrado en Nueva York en diciembre del pasado año, el ex presidente Bill Clinton se preguntaba cómo era posible que la derecha gastase menos en seguridad pública que la izquierda y sin embargo los ciudadanos le otorgasen mayor crédito a los conservadores a la hora de confiarles su propia seguridad. La cuestión era clave porque, según Clinton, en EE. UU. siempre ganará las elecciones el partido que logre persuadir a los electores de que tiene la posición más firme en este asunto. El ex presidente lo dijo con claridad, y lo reiteró en un reciente artículo: cuando la población se siente insegura, prefiere tener al frente a alguien equivocado pero fuerte que a alguien acertado y débil. Lo cual está directamente relacionado con la percepción de la acción política. Bush se equivocó muchas veces después del 11-S, pero siempre lo hizo desde la fuerza, es decir, desde la posición que tenía el mayor apoyo popular. Los demócratas, arrastrados por una corriente neoconservadora claramente belicista, no han sabido transmitir su mensaje de que una mayor seguridad nacional no se agota necesariamente en las fórmulas reduccionistas y unilaterales de los republicanos. Sin embargo, son precisamente los demócratas los que han demostrado tener una postura más firme en la medida en que, al tiempo que asumen el deber de modernizar la tecnología de información en el interior, se atribuyen la responsabilidad de potenciar la ayuda exterior y la reducción de la deuda de los países pobres. Es decir, siguen las pautas fructíferas que en su día señalaron el Plan Marshall y la reconstrucción de Japón. Porque el que recibe la ayuda no suele convertirse en un enemigo terrorista. Clinton llamaba entonces la atención sobre los valores demócratas y la necesidad de recordar sus creencias. El alud bélico desatado por Bush, con amplio respaldo popular, amenazaba con enterrar al Partido Demócrata. Hoy, cuando la posguerra se resiste a empezar, las ideas de los demócratas empiezan a encontrar oídos propicios. Menos mal. El puño de Bush está generando demasiada inseguridad.