¿Qué haré yo en Irlanda?

| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

MAÑANA, DÍA da Patria Galega, estaré de viaje en Irlanda. Y por eso no podré asistir a los tres acontecimientos que marcan el ritmo y el ser de la política de mi país, sin los que resulta imposible saber por qué hacemos lo que hacemos y nos pasa lo que nos pasa. En honor del Patrón de España, cuya festividad celebramos, la catedral compostelana se convertirá en el solemne escenario de una ofrenda rancia y oficialista, sin arraigo popular y llena de resabios franquistas, que será aprovechada por el político de turno para pedirle al Apóstol que arregle con un milagro lo que nosotros estropeamos con terquedad política incorregible. Esta invocación siempre resulta tópica y banal, por lo que puedo adelantarles que este año versará sobre Irak y sus muertos, el Prestige y su chapapote y la política y sus escándalos, como si nada tuviésemos que ver en esas desgracias y como si Santiago Zebedeo tuviese tiempo para monsergas y demagogias. Después, cuando el péndulo del reloj señale el tiempo de lo profano, llegará a la Quintana la manifestación nacionalista, tan saturada de rituales y fórmulas como la ofrenda catedralicia. En este acto, al conjuro del BNG, se reúnen todos los nostálgicos del nacionalismo antisistema, para repartir sus plegarias, fifty-fifty, entre los devanceiros y los posmodernos. La novedad de este año es que todo el protagonismo será para Beiras, para que vuelva a explicar por qué estamos otra vez en un momento crucial, y por qué nos llegó la hora de tomar aquel poder de cartón que tanto se despreciaba. Por la tarde, convocados por la Xunta, se reunirán los miles de invitados que pugnan por formar parte de nuestra jet provinciana y descafeinada, que, sin invertir un euro en el desarrollo social del país ni darnos un mal divorcio que comentar en la televisión basura, esperan salir en pantalla por el simple hecho de propinarle un pertinaz aplauso a la medalla de Álvarez Cascos. Lo malo es que los públicos de estos acontecimientos son cada vez más intercambiables, que ya no hay forma de ver en ellos la Galicia poliédrica de nuestra juventud, y que yo mismo estaría encantado si, libre de las obligaciones que me trajeron a Shanon, pudiese iniciar mi jornada, rezando como un cristiano, en la santa catedral. Unirme después, como un nacionalista, a los que me hacen el favor de creer que me quedan cosas por hacer en esta Tierra. Y compartir por la tarde las glorias y candilejas de los que aprovechan estas fechas para recordarme que sigo siendo uno de ellos, que aún se puede hablar de lo nuestro, y que mi historia personal me da derecho a un lugar destacado en el protocolo finisterrano. ¡Y yo en Irlanda! ¡Con estos pelos!