LA ACUSACIÓN más frecuentemente difundida desde los poderes políticos y económicos norteamericanos, y repetida desde sus terminales políticas y mediáticas europeas, contra quienes discrepamos del actual proyecto hegemonista de EE. UU., es la de que practicamos un antiamericanismo rancio y primitivo. Como supongo que no se nos atribuyen sentimientos xenófobos hacia el pueblo americano, ni se nos acusa de pretender la derrota y destrucción nacional de EE. UU., sería muy conveniente y esclarecedor que nuestros detractores aclarasen qué quieren decir exactamente cuando nos tildan de antiamericanos. Cuando aspiramos a que Europa sea una potencia independiente de EE. UU., capaz de jugar un papel relevante en la construcción de un orden mundial justo y democrático, ¿estamos haciendo antiamericanismo?. En realidad quienes nos acusan de tal cosa sólo persiguen el sometimiento de Europa a EE.UU., y su reducción a una potencia políticamente subordinada a Washington, porque nadie ignora hoy que EE.UU. se opone enérgicamente a toda elaboración de una política de seguridad y defensa autónoma europea, como también a la existencia de una política exterior europea. Hace tiempo que los nuevos dirigentes de Washington han diseñado una estrategia unilateral, basada en el ingente poder militar estadounidense, para modelar el mundo de acuerdo con su visión y en función de sus exclusivos intereses. Rechazar tal pretensión es una posición política que nos acerca más a una concepción democrática de las relaciones internacionales que a un trasnochado antiamericanismo. Por el contrario, pretender, como hacen Aznar y Blair, que todos los países deben seguir al gobierno estadounidense, en nombre de la unidad de la comunidad internacional, es, además de un sofisma, confundir la amistad con la sumisión. Hace meses el presidente Bush, al proclamar en la academia militar de West Point que EE. UU. era «el único modelo de progreso humano que sobrevive», no dejaba lugar a dudas sobre su creencia de que la hegemonía y la dominación estadounidense de la sociedad internacional es la conclusión natural de la historia. El rechazo a semejante conclusión, cuyas raíces están más próximas al Antiguo Testamento que a un código democrático, sólo puede ser considerado como antiamericanismo por personas interesadas o con fuerte tendencia al vasallaje. Cuando las fuerzas unilateralistas y autoritarias que hoy dirigen la sociedad norteamericana persiguen establecer un sistema internacional subordinado a EE. UU.; cuando dichas fuerzas están dispuestas a utilizar su inmenso poder militar -sin precedentes en la historia- sin tener en cuenta los límites y restricciones que impone el derecho internacional: cuando bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo asistimos a un desencadenamiento sin precedentes de la política imperial de EE. UU., no cabe esperar más que un rechazo masivo de la opinión pública mundial. La responsabilidad de este rechazo recae enteramente en el grupo de fanáticos que hoy dirige la política norteamericana. A ellos exclusivamente hay que pedirles responsabilidades por el creciente desprestigio de EE. UU. en el mundo.