ETA contra Castellio

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

22 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS PISTOLEROS de ETA no sólo viven fuera de la ley. Viven también fuera del mundo. Pues, más allá de la repugnancia moral que produce la utilización de la violencia criminal, sólo quien ha perdido cualquier contacto con la realidad puede llegar a creer que poniendo bombas tendrá alguna posibilidad de conseguir sus objetivos en la actual España democrática. ETA incitó durante años una intervención del aparato militar que, provocando el caos político y civil, abriera a sus desalmados estrategas una oportunidad de forzar al poder democrático a sentarse a negociar. Fue la época en que asesinaba casi únicamente a miembros del ejército, la Guardia Civil y la policía nacional. Estabilizada la democracia y desaparecido el peligro de una intentona militar, ETA comenzó a atentar también contra los políticos no nacionalistas: el nuevo objetivo era lograr que el Gobierno se aviniese a negociar el estatus constitucional del País Vasco a cambio del cese de los crímenes. Puede que en algún momento esta última estrategia resultase verosímil para los que empuñaban las pistolas: es ésa una parte de esta historia de la infamia que algún día podremos desvelar. Pero si tal cosa aconteció, hoy es evidente que esa posibilidad ha desaparecido por completo: el pacto antiterrorista entre el PSOE y el PP es sobre todo un compromiso de que ningún gobierno democrático negociará nada con ETA en el futuro. ¿Cómo es posible entonces que haya aún quienes demuestran estar tan convencidos de las posibilidades de obtener algo a cambio de sus crímenes como para dedicarse a poner bombas en hoteles? Sólo el autismo político más cerril permite comprender tal sin sentido: sí, sólo ese ambiente demencial en el que España es percibida como un Estado forajido que quiere acabar a sangre y fuego con lo vasco y con los vascos permite sumergirse en los delirios que pueden llevar a unos chavales a creer que están defendiendo a su patria cuando están atentando contra la vida, la integridad y la libertad de las personas. Hará ahora un par de años, y en una comida organizada por La Voz, me habló Carlos Casares de un libro entonces desconocido para mí -Castellio contra Calvino, de Stefan Zweig- que nuestro llorado amigo definió como «o máis fermoso alegato escrito nunca contra o fanatismo». Acabo de leerlo y es verdad. En él cita Zweig una frase de Castellio, defensor de Servet frente al fanatismo calvinista, que no debemos olvidar: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre». Herir a una decena es sólo herir a una decena. Para nada: hoy lo sabe todo el mundo, menos los terroristas y quizá quienes, ¡miserables!, les alientan.