LAS DISCREPANCIAS entre Aznar y Rodríguez Zapatero son tantas, y tan varias, que si uno sale, el otro entra; si uno viaja, el otro se queda en casa; si aquél decide elegir amigos y enemigos, éste escoge ignorar a sus aliados. Zapatero ha brillado por su ausencia en la Conferencia Progresista convocada en Londres por el primer ministro británico, Tony Blair, a la que sí acudieron el alemán Schröeder, el francés Laurent Fabius, el chileno Lagos, el brasileño Lula da Silva, el ex-presidente Bill Clinton, el canadiense Chrètien, el argentino Kirch-ner, el sudafricano Mbeki, y así hasta catorce jefes de Estado o de gobierno que se tienen por progresistas , junto con medio millar de políticos e intelectuales de centro izquierda. Zapatero ha optado por aislarse de sus conmilitones en el mundo. Mientras tanto, Aznar buscaba en América algún tipo de apoyo y militancia, alguna suerte de neohispanidad y neoatlantismo. La disparidad entre el jefe de Gobierno y el de la oposición está ahí, en lo que se refiere a la política exterior, a las afinidades ideológicas y a las coincidencias políticas. Aquél intenta darse a conocer, éste está encantado de conocerse. Uno busca, el otro ha decidido no encontrar. Uno intenta ejercicios de cintura; el otro se embelesa. Aznar habló al otro lado del Atlántico del contraste entre la capacidad de aglutinación e integración americana en contraste con la espinosa, violenta, letal actitud de los nacionalismos excluyentes. También se refirió al servicio de puente que puede ejercer la lengua española entre las tropas destacadas en Irak. El contraste estaba cogido por los pelos, y el servicio era redundante. El IRA tenía su mayor financiación en América. Y los ejércitos de las potencias dominantes en la ocupación de Irak tienen una vasta experiencia en la brega con tropas de minorías algo más exóticas que las hispanas, desde los gurkhas a los indios navajos. Aznar podría haber sido más explícito en los propósitos de su gira americana: 1) acabar con el terrorismo, y 2) hacer negocios en áreas cada vez más competitivas y de las que depende una parte nada despreciable de la prosperidad española. Son dos razones dignas y honorables, que no necesitan maquillaje ni demasiada retórica. Cada cual va adonde va y dice lo que dice, o no se mueve y se calla. En este último caso, puede cundir la sospecha de que no se tiene cosa alguna que decir ni se sabe de alguien con intención de atender. Según fuentes del PSOE, la ausencia en Londres de su secretario general fue debida a que «el comportamiento personal de Tony Blair con el PSOE no ha sido estupendo y Zapatero ha optado por no ir». Es todo un lujo eso de explicar una decisión chirriante e incluso inoportuna, mediante un motivo absurdo por más que juvenil y con un aire de egotismo adolescente: cortante y, sin embargo, tierno, poco hecho. Es la experiencia Zapatero.