LOS RESTOS mortales de Herbert Marcuse, el filósofo que le enseñó a la generación del 68 que era posible conciliar a Freud con Marx y que la cultura no tenía por qué ser siempre represiva sino que, en su propia evolución, podía y debía volverse liberadora, fueron enterrados el pasado viernes en Berlín, en el mismo cementerio en que yacen el también filósofo Hegel y el dramaturgo Bertolt Brecht. El «final feliz» de este judío alemán que se reencuentra con su tierra tiene sus antecedentes. El autor de El hombre unidimensional y Ocio y civilización , radicado en EE.UU. desde la llegada al poder de los nazis, murió en una de sus visitas a Alemania en 1979, a consecuencia de un infarto, cuando tenía 81 años. Por entonces, la generación del 68, rota y descangayá, ya había pagado más letras que ninguna otra, y la noticia de su fallecimiento tocó la fibra nostálgica de algunos, pero no conmovió a unas masas resignadas a sobrevivir en el imperante sistema capitalista a condición de poder denostarlo ocasionalmente. Ahora sus restos, recuperados de un olvido de 22 años en una funeraria estadounidense, han sido acogidos con fervor por los próximos prejubilados alemanes de la generación del 68. Cosas que pasan.