Convergencia y melancolía

| XAQUÍN ÁLVAREZ CORBACHO |

OPINIÓN

21 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EN LA PRODIGIOSA década de los noventa Galicia fue otra vez perdedora. Lo dicen con rotundidad las cifras oficiales. Caminamos con excesiva lentitud o en dirección contraria a la convergencia. Los gobernantes no se preguntan qué cosas hacen mal y los ciudadanos se instalan en la resignación y en la melancolía. Y así nos va. En el período intercensal (1991-2001), España gana dos millones de personas mientras Galicia pierde 36.000. En 1991 representábamos el 7% de la población española, ahora somos el 6,6% de la misma. Además, tenemos un porcentaje elevado de personas mayores de 64 años (20%) y otro más reducido de personas menores de 15 años (11,9%). Y todos sabemos que la prosperidad de los pueblos no se fundamenta en poblaciones decrecientes y envejecidas. Por otro lado, la renta gallega asociada a la producción (expresada en PIB por habitante) era el 81,2% de la media española en 1995 y el 78,5% en 2001. Y lo mismo sucede con la renta familiar disponible por habitante (91,8% de la media española en 1995 y el 87,2% en 2001). O sea, que perdemos población y decae además nuestra posición relativa de la renta. Lo dice el Instituto Nacional de Estadística (Contabilidad Regional de España, Base 1995). Esta situación se explica porque la renta que genera cada ocupado (VAB/ocupado) sigue siendo en Galicia inferior a la media española (79,3% en 2001), al ser también menores las inversiones en capital humano (la población mayor de 16 años con estudios superiores es en Galicia el 78,4% de la media española), las inversiones en I+D (67% de la media española en 2001), la inversión estatal en infraestructuras (64,4% de la media española en 1999-2002) y la inversión extrajera (1,1% del total en 2001). Y así es imposible la convergencia. Además, la mayoría de los municipios gallegos gestionan presupuestos que apenas superan la mitad del que tienen los municipios españoles de similar población. Un déficit singular que deteriora gravemente las funciones sociales básicas de la institución municipal, generando a su vez perversas y desiguales estructuras de poder a través de la subvención. ¿Cuándo dejará de ser Galicia el reino de la subvención? ¿Qué harían ciertos políticos si desaparecieran las subvenciones? Obviamente, no es intención mostrar escenarios catastrofistas de la economía gallega, pero las cifras mencionadas inducen de nuevo al pesimismo racional. Criticar los triunfalismos políticos eternos, acudiendo al principio de realidad, es siempre ejercicio saludable. Para adoptar decisiones con mayor fundamento, para comprender mejor el entorno, para estar bien con uno mismo y hasta para espantar un poquillo esa ola de melancolía que nos invade.