LA FORMACIÓN del Consejo de Gobierno iraquí el pasado lunes ha levantado algunas expectativas favorables a lo largo de la semana entre los habitantes de Irak, que piden, por este orden, seguridad para sus vidas y el funcionamiento de los servicios públicos. A partir de estas mejoras, las esperanzas se sitúan en que este Gobierno provisional elimine los restos de la dictadura de Sadam Huseín y ponga las bases para alcanzar una verdadera democracia. En esta evolución se cifra la visión optimista de la precipitada formación del Consejo de Gobierno, en un momento en el que han aumentado los incidentes armados con víctimas entre las tropas angloestadounidenses. La visión pesimista pone el énfasis en otros elementos considerados negativos, el peor de los cuales sería haber echado mano de criterios predominantemente étnicos y religiosos para formar este Consejo de Gobierno. Son muchos los que estiman que nada bueno puede salir de algo que empieza por sobrevalorar conceptos o adscripciones de esta naturaleza. Dividir el gabinete provisional entre chiís, suníes, kurdos, turcomanos y cristianos puede sentarlos a todos sobre un barril de pólvora. Porque la democracia no consiste en dividir el poder dándole un poco a cada grupo, sino en desactivar el sectarismo (tanto el de carácter étnico como el religioso) y ofrecer un equipo de gestión eficaz, competente y con credibilidad en el conjunto del país. La división, por el contrario, puede generar desconfianza, descontento, tensión y, a la postre, caos y confrontación armada. Los veinticinco integrantes del Consejo de Gobierno representan a todas las etnias y religiones iraquíes, pero no representan a Irak en su conjunto. La teoría de la proporcionalidad puede parecer justa y apropiada, pero también puede entronizar un sistema de facciones que retrase la conquista de la democracia. Si no se superan las diferencias entre comunidades y se defiende el interés general del pueblo iraquí, este Ejecutivo de transición acabará por representar una frustración. Algo que no deben permitirse los angloamericanos. Poder para todos, sí, pero para sacar un país adelante. No para repartírselo. En esto reside el riesgo.