LA SUCESIÓN ha comenzado a dar sobresaltos. Nada alarmante: sólo un hombre de confianza de Ruiz Gallardón, Manuel Cobo, que se ha convertido en protagonista de la crónica política. El motivo ya lo conocéis: entiende que una filtración sobre su apoderamiento de empresas se debe a envidias por las encuestas que sitúan a su jefe Gallardón al frente de las querencias populares. Es decir, que Rajoy o Rato le estarían segando la hierba bajo los pies. La denuncia es atractiva, porque Cobo fue designado por su padre apoderado de empresas inmobiliarias, y es lo que faltaba en el culebrón de Madrid; porque los adversarios del PP están deseando algún fratricidio en el partido gobernante; porque es el primer factor de discordia en las tranquilas aguas sucesorias, y porque en pocos días se han juntado varias noticias que ponen al alcalde de Madrid en comprometida situación. Yo creo que la denuncia contra Cobo es innoble: estamos ante un funcionario honrado. Creo también que ningún aspirante a la Presidencia dentro del PP sería capaz de organizar una caza y captura de Gallardón como ésta. Pero, como en tantas historias, habría que decir lo que dice el pueblo: «Algo tiene que haber». Nadie cree que Cobo se haya lanzado a hacer esa denuncia de forma irresponsable: tiene demasiada experiencia como para hablar con frivolidad. Si lo hace, es porque le funciona la memoria de cuando el actual alcalde de Madrid no era siquiera invitado a estar en el balcón de la calle Génova, y porque refleja el estado de ánimo del entorno de Gallardón, que se sabe respetado, pero no querido en las filas del PP. Por lo tanto, el valor de las palabras de Cobo no está en lo que dicen, sino en lo que significan: que ha terminado aquel comportamiento arcangélico que se atribuía a los aspirantes. Todos se están controlando. Cualquier información se presenta como el producto de una conspiración. Hay clarísimos síntomas de desconfianza entre los más importantes nombres. El único alivio para la dirección del partido es que quienes muestran nervios, prisas y afanes de poder no son quienes se reúnen a almorzar periódicamente con Javier Arenas, sino el último incorporado al hipódromo sin las bendiciones oficiales. Ahí está el veneno. Aznar no puede quedarse viendo pasar las nubes y las gaviotas en su cielo azul, como si aquí no pasara nada. Pues claro que pasa. Pasa que los aspirantes son humanos, que tienen y desatan ambiciones, que hay sensibilidades fáciles de herir y chispas dispuestas a saltar. Y pasa que se está jugando una Presidencia del Gobierno. Y ante ello, puede haber buenas gentes. Pero no santos.