NO SÉ quién tiene la razón en el último follón de esa hidra de mil cabezas que es hoy la cuestión vasca. No sé si el presidente del Tribunal Superior de Justicia ha designado con arreglo a derecho a los magistrados de la Sala de la Discordia, o si se ha saltado la ley a la torera para obtener así un pronunciamiento favorable para Atutxa. No sé, por tanto, si el Consejo del Poder Judicial actúa correctamente al suspender las actuaciones de la Sala, o lo hace sólo con el objetivo de que Atutxa sea procesado. Sólo sé que estoy cansado. Sí, como ustedes, muy cansado. Hay en este país cientos de miles de parados, y apenas se habla de su drama, pese a que cada uno arrastra, como su sombra, un cúmulo angustioso de problemas. Y hay cientos de miles de inmigrantes, que huyen de la violencia y la miseria, pero apenas nadie los menciona si no es para cumplir con un rutinario ritual. Y hay también miles de ancianos en la más absoluta soledad que no tienen una residencia donde obtener el trato que todos les debemos, y miles de enfermos en las listas de espera que no ven el día en que serán atendidos como es de justicia en una sociedad del bienestar, y miles de mujeres sometidas a situaciones personales o profesionales vejatorias que no obtienen la defensa legal y social que necesitan, y miles de estudiantes que fracasan año tras año en sus estudios sin que nadie, salvo sus padres angustiados, parezca preocuparse del asunto, y miles de jóvenes subempleados cobrando míseros salarios cuya realidad es solo una estadística. Pero casi nada de eso existe, pues en este país, desde hace muchos años, la llamada cuestión vasca ocupa las energías que, en condiciones normales, merecerían ocupar los problemas referidos y otros tantos que no es posible ahora enumerar. Por eso hay ocasiones en que incluso hasta los más convencidos de la importancia de la batalla que se libra en Euskadi -la de la luz frente a las tinieblas, es decir, la de la libertad frente al totalitarismo- desfallecemos y tenemos la tentación de gritar: ¡dejadnos en paz! Sí, dejadnos en paz de una puñetera vez y dejad a los parados, subempleados, inmigrantes ancianos, mujeres maltratadas, estudiantes sin futuro y todos los que sufren que ocupen el lugar que les habéis arrebatado. Luego, claro, se impone de nuevo la solidaridad con los perseguidos en Euskadi y volvemos a reconocer la necesidad de que el centro de la vida política española sea ocupado por una de las Comunidades más ricas del Estado que es, al tiempo, la que goza de mayor autonomía regional en toda Europa. Y volvemos a hablar, claro, de los problemas de Atutxa. O de la detención del último comando.