El nombre de la cosa

OPINIÓN

LA POLÉMICA sobre la normativa del gallego que ayer ha vuelto a ser objeto de debate en la Real Academia recuerda un poco, dicho sea con todos los respetos, a las que describe Umberto Eco en El nombre de la rosa : los guardianes del dogma y la ortodoxia enzarzados en las disputas teológicas más arduas, mientras fuera de la abadía la sociedad vivía hundida en la superstición y el paganismo. También nuestros académicos discuten con todo lujo de argumentos si debemos escribir «vou comprar uns polos ó mercado» o, por el contrario, «vou comprar uns polos ao mercado» mientras fuera de los muros de la casa que, en el número 11 de la calle Tabernas, habitara la Pardo Bazán -sede de la Real Academia-, el gallego pierde espacio día tras día, incapaz de hacer frente a los dos retos en los que, de cara al futuro, se la juega: la transmisión en los hogares entre los padres y los hijos, y el despoblamiento de las zonas rurales de Galicia. Es cierto que el gallego ha sido capaz de avanzar en el uso ritual y también que tiene a su disposición una cadena de televisión y radio públicas que ha hecho más por la recuperación de una de las dos lenguas de Galicia que las previsiones legales sobre el sistema educativo. Pero solo los ingenuos, o los cínicos, se atreverán a concluir a partir de esos dos datos que el futuro del gallego es esplendoroso: ¿esplendoroso como las playas, así calificadas, en las que la arena limpia tapaba el chapapote? Cuando yo era niño en la escuela sólo se hablaba castellano y cuando la televisión se coló en nuestros hogares, el castellano llegó con ella también a todos los rincones de Galicia. Pero mi padre, que había hablado en gallego desde siempre, nos enseñó a hablarlo a mí y a mis hermanos, no porque esa fuera la lengua de Rosalía o Castelao, sino porque era la de sus abuelos y sus padres. Todos somos en mi casa, por lo tanto, bilingües desde niños. Yo he intentado hacer lo mismo con mis hijas, pero pese a la RTVG, a la extensión de su uso ritual, y al avance indiscutible de la lengua gallega en las escuelas, no tengo la seguridad de conseguir con ellas lo que mi padre consiguió. ¿Por qué? Pues porque el ambiente general es mucho menos favorable para el gallego como consecuencia de los dos fenómenos antes mencionados. Por eso, aun considerando la labor que desarrollan nuestros académicos merecedora del máximo respeto, dudo a veces de si ellos, y los que con ellos han convertido un tema técnico en un problema político de grandes dimensiones, no estarán un poco, como Adso de Melk y Guillermo de Baskerville, dándole vueltas al nombre de la cosa, mientras la cosa, dicho en hermosísimo gallego, «váisenos entre as mans como se vai a auga nunha peneira».