LA TEOLOGÍA Intestinal anda de capa caída, pero tuvo siglos y siglos de esplendor gracias a sus dos cimientos sólidos. El primer cimiento es natural y hoy ya no está en manos de teólogos, sino de bacteriólogos, expertos en las criaturas ruínes a las que sí podemos culpar de las desfeitas que la vieja Teología Intestinal imputaba a la divinidad, que actuaba por sí misma o delegando en profetas, gurúes, chamanes, sacerdotes y demás nómina de intermediarios. El segundo cimiento es cultural, o casi mejor natural, dado el arraigo que tiene desde siempre y por siempre esa fe en campo propio que ve en la divinidad un ente cuyo mejor atributo es la inmensa capacidad de cabreo para fulminar al de enfrente, que es el malo por definición. En honor a la verdad hay que decir que el titular de esa fe en campo propio también juega en campo contrario, se pone en desventaja, cuando cree que también él, cachado in fraganti, puede servir para que la divinidad ejerza la paranoia sádica que se le atribuye como virtud principalísima. De la divinidad paranoica cabreada se ocupa también la Teología Eléctrica, es decir, el análisis de cómo la divinidad chamusca a los malos zorregándoles un rayo que no es precisamente el vallecano, de segunda, sino un rayo con mogollón de voltios, amperios, watios y todo lo que Casalderrey diga. Pero al lado de la Teología Intestinal, la Eléctrica es fruslería porque el recuento de los malos que la divinidad justiciera ha decretado perecederos por la pata abajo alcanza gruesos de guía telefónica. Es lástima que el hombre se haya creído agraciado con teofanías, que tantas y tantas veces fueron cheque en blanco para dar caña al prójimo, y no pudiese tener también microfanías, por ejemplo, que a Fulano se le apareciese una salmonella o una escherichia para aconsejarle un par de hervidos y de higienes de despensa, o no regar con aguas fecales, etc. Con un par de microfanías a tiempo la Teología Intestinal no hubiese cuajado, el irse por el corbatín nunca sería visto como castigo divino. Y algunos empezaron pronto: un crío bizantino que iba para emperador ruín dejó el primer aviso haciéndose la caquita en las manos del padrino, al contrario de quienes anunciaron su santidad absteniéndose de mamar en viernes de abstinencia. Almanzor fue tan impío que hasta su caballo se fue por la pata abajo y digo yo que, si es cierto que el caballo reventó después de beber en la pila en que metían la mano los peregrinos, el noble bruto se habrá indigestado con todo un manual de Bacteriología, pues sabemos que el Botafumeiro no era un capricho en orsay de obispos fashion . Un papa León, más falso que un euro de plástico, en su rifirrafe con San Hilario tuvo que hacer un alto y prometió volver enseguida para acabar con el santo, pero ¡ay! hasta las tripas depuso el muy impío. Y, como en la variación está el gusto, digamos que de otro impío, Abu Yacub, dio buena cuenta una retención de orina, castigo divino fastidioso donde los haya.