LADAN Y LALEH BIJANI, las dos mujeres iraníes unidas por la cabeza, han perdido la vida en su apuesta por vivir sueltas. El despliegue médico y mediático, al servicio de una demanda individualmente humana, se ha llevado por delante la vida de estas dos mujeres a las que ya no volveremos a ver reír. Su vida era un disparate fundido por la cabeza. El capricho estadístico las había hecho así y uno las veía subirse al coche, andar por la calle, moverse como una sola, siendo dos, y su imagen resultaba destartaladamente humana, conmovedora, emocionante y con un punto de grima y angustia. Antes de esta intervención en Singapur, otros centros médicos habían desestimado intentar separar a estas dos mujeres, pensaban que había riesgo de muerte y creyeron que era preferible que vivieran unidas antes que morir separadas. Pero ellas, después de asumir durante 29 años su vida en estéreo, querían ser ellas solas, pasear y poder encontrarse de frente la una con la otra, mirarse a los ojos, besarse o tropezarse de cara. Su demanda angustiada, y me imagino que largamente meditada, se encontró con un centro médico dispuesto a aprovechar el caso para hacer avanzar a la medicina y también para ponerse en la agenda mundial: fíjate, el Hospital en el que separaron a las siamesas. El caso es que ese ejército médico -cien profesionales, cien horas-, que ha hecho orfebrería de la cirugía, perdió primero a una de ellas y luego ha visto como no podía salvar a la otra. No todo lo que hace la naturaleza, aunque sea alocada, lo puede arreglar la ciencia. Hay límites y a pesar de que se han realizado con éxito otras operaciones de separación de siamesas, esta estaba trufada de riesgos, como ya habían advertido algunos. Me imagino que semejante maratón quirúgica habrá servido para extraer toneladas de precisa información, para lograr datos que sólo se pueden obtener cuando se les abre la cabeza a unas siamesas; ese quirófano ha tenido que ser un caladero en el que recoger material que pueda servir para casos posteriores o , quizá , sirva para poder ser aplicada en otros campos de la medicina. Éste sería el único consuelo. El equipo médico, alfombrado con música clásica durante toda su intervención, se encontró con que la dureza de los cráneos en el lugar de la unión era mucho mayor que la esperada, y quizá esta dureza de mollera era ya un aviso de la cerrazón de la naturaleza a que estas dos jóvenes anduvieran sueltas; este fue el primer síntoma de que la naturaleza decía no al asalto de la ciencia. Los siameses unidos por la cabeza se dan sólo una vez cada dos millones de nacimientos y uno trata de imaginarse como ha tenido que ser la asamblea de estas dos mujeres para tomar decisiones que son individuales, pero que hay que consensuar y aplicar fatalmente al unísono. Ladan quería estudiar Derecho y Laleh Periodismo. Si cada uno de nosotros somos una duda bípeda, no me imagino lo que tuvo que ser decidir a cuatro manos, a cuatro piernas, a cuatro ojos, cuando había tan insuperable posibilidad de actuar por libre. Las dos estudiaron Derecho. Ahora ya no podrán ejercer su profesión, ni volver a subir en bici, ni reír, ni llorar. La naturaleza ha vencido a la ciencia y solo nos queda pensar que en unos años esta operación se analice como arqueología de la medicina.