Una Euskadi libre

| ARTURO MANEIRO |

OPINIÓN

01 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

UNA EUSKADI libre de conflictos, eso es lo que está deseando el ciudadano medio español, tanto si vive en el País Vasco como el en resto del mundo. Unos ciudadanos que esperamos mucho de las decisiones del Tribunal Supremo a la hora de neutralizar a los etarras que ocupan escaños en aquel Parlamento autónomo. Todos queremos una Euskadi libre de confrontaciones, libre de esos permanentes desafíos al Estado, libre de pistoleros, libre de violencia, liberada de mentalidades totalitarias, libre de enfermos mentales que quieren imponer sus criterios por la fuerza, y libre de sueños. Porque no se puede olvidar que todo lo que está pasando en el País Vasco en los últimos treinta años tiene su origen en un sueño romántico de Sabino Arana. Una supuesta nación propia, con raza propia. Un sueño tan poco consistente que el propio Sabino se arrepintió de difundirlo en los últimos años de su vida. Un sueño parecido al que le atribuye George Orwell al cerdito de la Rebelión en la Granja. Si por lo menos todo lo que están sufriendo los vascos fuese por defender algo real casi podría comprenderse, pero no es así, como bien saben Arzallus, Anasagasti o Atutxa, inmersos en su realidad virtual. Cuando el País Vasco inició sus primeros pasos autonómicos, al final de los 70, las juventudes nacionalistas difundieron folletos y todo tipo de impresos en los que se describía el fantástico jardín en que se convertiría Euskadi al cabo de cuatro años. Un país con paisajes de ensueño, sin energía nuclear, con una gente viviendo feliz y tranquila construyendo progreso sin destruir la naturaleza. Mucho de lo allí descrito lo están consiguiendo ahora, pero sólo en el plano paisajístico, porque en el plano humano sigue el miedo y la opresión social que ejerce ETA. Soñaban con una policía autónoma como la inglesa, unos bobbys sin armas, amables, casi una ONG de ayuda al prójimo. Pero se han despertado con unos agentes armados hasta los dientes y encapuchados. El PNV soñaba con integrar a los batasunos en las instituciones para que se civilizaran y dejaran de extorsionar o matar, pero sólo consiguieron que utilizaran los organismos públicos vascos para tener más información, matar con más eficacia y tener más presupuestos. Sin embargo, en algunas ocasiones todavía se puede disfrutar de un País Vasco libre de todos estos elementos. En esas ocasiones se puede comprobar que es una tierra llena de atractivo, por su paisaje, por sus campos, por sus productos, por sus deportes, por sus mares, sus playas y sus montes. Hace poco he tenido la oportunidad de comprobar el encanto de las calles antiguas de San Sebastián sin kale borroca; el placer de pasear por sus plazas sin temor a agresiones; la satisfacción de hablar con sus gentes sin la tensión y la utopía del nacionalismo; la tranquilidad de entrar en una cafetería sin miedo a que maten al que está a tu lado; la alegría de observar la presencia de turistas, muchos turistas españoles y franceses, en las calles, en las playas, en las tabernas, bares y restaurantes. Y uno piensa que la vida bien podía seguir siendo así, que todos los aberzales despertaran de su sueño y comprobasen que para trabajar por su gente y por su tierra no es necesario ser nacionalista, ni ejercer la violencia, ni tener terroristas en el Parlamento o chivatos en los ayuntamientos. Por eso muchos queremos una Euskadi libre, con una libertad radical... Y desconfiamos de los nacionalismos.