MADRID es la capital del Estado, la ciudad de la señá Cibeles , como canta un tal Sabina, que nos habla de Chueca, Malasaña y Lavapiés. Hoy es famosa por los acontecimientos que se viven en su asamblea parlamentaria, gracias a unos políticos que, al día siguiente de las elecciones, deciden hacer de sus actas un instrumento para presionar a unos, poner contra las cuerdas a su propio partido y ser sospechosos de servicio a inconfesables intereses económicos. Como sigamos así, y esto dure mucho, a las próximas elecciones los ciudadanos irán con el voto en una mano, mientras con la otra se tapan la nariz. Parece ser que cuando los pusieron en la lista cerrada, ya había sospechas con respecto a su honradez. ¿Entonces, quién y para qué les colocaron a tiro de ser ilustrísimos capaces de decidir con su escaño el sentido del poder en la Comunidad? ¿A quién se supone que deben servir los políticos? ¿Qué grado de compromiso debe mantener los políticos con la circunscripción electoral a la que representan? ¿Qué se puede hacer con los que se venden? Son cuestiones sin resolver, entre otras razones por la propia conveniencia de los partidos, que mantienen su propio estatus de poder; así, no hay listas abiertas, ni manera de evitar que sigan proliferando los que se sirven, los que no tienen oficio, pero logran beneficio, o los que ponen más entusiasmo en derribar al compañero de partido que al gobierno de los contrincantes. Mientras, ¡todos los políticos son iguales!; ¡a saber lo que habrá que tapar por la cuenta que les tiene!; ¡paso de política y de votar! Estas y otras frases se escuchan estos días tras la hazaña de los dos tránsfugas de Madrid. Los hay serios con el perfil del burro, que se transforman en la tribuna, que llegan a creerse en posesión de la verdad o de ciencia infusa para debatir proyectos de ley que cambian la vida de los ciudadanos. Pero los hay capaces de apuñalar cualquier principio que obstaculice el camino en pos del negocio que cambia votos por euros. En cualquier caso, la democracia sigue siendo el menos malo de todos los sistemas de participación y representación de los ciudadanos. Sin democracia o sin libertad, no merece la pena vivir. De esto pueden seguir aprovechándose los pillos, pero también deberían cambiar los partidos en su soberbia infinita. Y no estaría de más aquéllo de «para ser el más rico, lo mejor es no tener nada».